Esta pretende ser la historia de quince supervivientes en un mundo devastado y plagado de zombis. Los protagonistas son familiares y amigos míos que habrán de interactuar para llegar hasta el último capítulo. Pero, irremediablemente, algunos de ellos se habrán de quedar en el camino.
(Esta es una sinopsis patrocinada por Doxma)

21 abr. 2017

21. CADA MINUTO CUENTA



La madrugada transcurre silenciosa.
Una luna redonda emerge como un potente faro tras el cañaveral, proyectando largas sombras en la vega que humedece el río.  En las casas de la aldea, la luz se refleja en los cristales, y en los tejados brilla el relente caído del cielo.

Echado en uno de los sofás del salón, Roquito descansa, pero su mente está fuera de la casa.
Ha convencido a Fran para que se encaramen al tejado desde una ventana y desde allí llegar  hasta el coche saltando de casa en casa.

“Esto es muy arriesgado -  le advierte Fran – Las casas son viejas y en cualquier momento se nos puede hundir un tejado y matarnos”
“No, simplemente hay que caer con cuidado. Mira cómo lo hago yo”.

Empieza a correr por la linea superior del tejado. Se siente muy ligero y lo achaca  a lo poco que come ultimamente. Cuando no hay más espacio para sus zancadas, da un brinco tan potente  que su cuerpo vuela hasta la mitad de la  casa más próxima, donde aterriza con la delicadeza de un ave.

“¡Vamos, Fran! – le grita – ¡Haz como yo!”

Fran se queda muy quieto y niega con la cabeza.
Regresa entonces junto a él en un nuevo salto, comprobando que ni siquiera necesita correr para evitar el vacío.

“¡No te imaginas lo fácil que es! – exclama eufórico- ¡Solo hay que impulsarse y ya está!”
“No, Roquito – le oye decir con voz abatida, casi irreconocible- Vas a tener que ir tú solo”.
“¡Pero qué dices! ¡Anda, ven!”

Sujeta a Fran de una muñeca y empieza a correr. Se alegra al comprobar que también él es  muy ligero.
Pero en el mismo instante del impulso, Fran se vuelve muy pesado. No hay tiempo para echarse atrás, así que  flexiona las piernas para intensificar el salto.

Pero apenas consigue elevarse. Siente que el vacío lo atrae y la seguridad de que va a caer acuchilla todo su cuerpo. No puede sujetar a Fran, y lo ve desaparecer entre la niebla de un profundo abismo.
Quiere llamarlo, pero no consigue gritar y siente alivio al ver que él no ha caído y que es capaz de elevarse por encima del caserío como una pluma en el viento.

La niebla empieza a diluirse y ve a Fran caminando entre casas derruidas y columnas de humo. Desciende junto a él liviano, casi etéreo.

“Qué susto me has dado - le dice – Pensaba que estarías muerto”

Fran no dice nada,  y entonces puede ver que está cubierto de polvo y telarañas y que hay  huesos sobresaliéndole por todo el cuerpo, como mástiles rotos que han atravesado su ropa.

“Ten cuidado, Roquito – le oye decir- Estoy lleno de serpientes”

De un agujero de la cabeza asoman los ojos de una serpiente que le mira fijamente.

“Apártate,  - le dice Fran- es venenosa” 

El viscoso reptil le  salta a la cara emitiendo un fuerte siseo.
Angustiado, Roquito  se despierta.

Respira hondo cuando ve a Fran colocando un tronco sobre las brasas de la chimenea.

- ¿Ya es de día? - le pregunta, pasándose una mano por la frente.
- No, qué va. No podía dormir más.
-  ¿Sabes? - dice apretándose los ojos con los dedos - Estaba soñando.  Habíamos subido al tejado y...
-  Escucha, Roquito – dice Fran acercándose - ¿Y si salimos ya hacia el coche?
- ¿Ahora?
- Si, cuanto antes mejor. Creo que cada minuto cuenta y si esperamos a que amanezca... podría ser demasiado tarde.
- Pero cómo vamos a...
- Me he asomado a la ventana. Se han dispersado. Hay luna llena y todo se ve con claridad. Si nos movemos rápido, pegados a las paredes de las casas, creo que no tardaremos ni una hora en ir y volver.
- Pero tendremos que avisarles de que nos vamos.
- No hace falta. Vamos a estar de vuelta antes de que despierten.
- Pero...
- ¡Hay que hacerlo ya! La última oportunidad que tiene Holden para salir de esta es que traigamos esa medicina ahora mismo. Y la tenemos ahí, a un par de kilómetros como mucho.  Vamos a hacerlo por él. Y por Ángeles.
- Está bien – dice Roquito poniéndose en pie – ¡Vamos!

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Tumbada en la cama, Ángeles observa cómo las nubes cubren y descubren la luna, sin conseguir ocultarla  detrás de sus velos rotos.
Con una mano de Holden entre las suyas, se concentra como si intentara transmitirle la energía que él parece estar perdiendo, y anhela el momento en que él vuelva a mirarla, en que vuelva a ser consciente de que ella sigue a su lado.

A veces el miedo se acerca, desafiante, y ella lo expulsa de inmediato, luchando por aliviar los arañazos que va dejando en su ánimo.
Otras veces le basta con escuchar el murmullo de otras voces en la casa para sentirse acompañada y segura, y convencerse de que todo va a salir bien.

Ángeles imagina el brillo de la luna en el reverberar del río, el mismo río que tanto ama Holden. En su evocación le parece que el  rumor de sus aguas consigue llegar hasta allí y cierra los ojos intentando proyectar sus pensamientos sobre él.
“¿Oyes el río? - le susurra – El río nos espera, Holden...”
 
Cuando vuelve a abrir los ojos, la luna ya no se ve en el marco de la ventana.
Por un instante piensa que  las nubes no han conseguido atraparla y la han dejado marchar, y de nuevo la inquietud le oprime el pecho.

Sin más referente visual en movimiento, el tiempo parece detenerse por completo. Es como si de repente el mundo se hubiera cansado de seguir rotando y nunca más fuera a amanecer.
Pero  la creciente claridad demuestra que las horas pasan, y Ángeles se impacienta por que llegue el momento en que Fran y Roquito salgan y traigan por fin la medicina.

Ángeles no consigue dormir, pero no es la única insomne en la casa.
Con la mirada perdida en la penumbra del garaje, Nerine reza entre susurros.

Está sentada en el suelo, recostada contra unos sacos de fertilizante. Lleva mucho tiempo manoseando el colgante que le rodea el cuello, colocando su pequeño crucifjio de oro sobre los labios y volviendo a ocultarlo bajo su blusa. A veces pronuncia oraciones en voz alta, y las gallinas, en su duermevela,  responden con breves y amortiguados cacareos de sorpresa.

Cuando Nerine piensa en el tiempo que lleva allí encerrada, su respiración se agita y el cuerpo se le tensa hasta dolerle.
Imagina a Thomas buscándola por todas partes, acudiendo una y mil veces a su refugio, preguntándose qué ha ocurrido con su mujer.  Piensa que tal vez, dado el tiempo que ha pasado,  desistió ya de aguardarla en la gasolinera y se esté alejando demasiado.

“Malditos – susurra - ¡¡Malditos!!”

Las manos buscan sus preciadas posesiones: el cuchillo y el frasco de medicamento. Los ha dejado en el suelo, a su lado, y al tocarlos vuelve a ser consciente de la situación. Y piensa que en adelante, todo puede depender de ella.
Se pone de pie y camina hacia la puerta. Golpea con fuerza la chapa de hierro. Continúa golpeando durante unos segundos sin pronunciar palabra. 
Después se queda en silencio. Sabe que nadie atenderá a su llamada hasta que se haga de día, por lo que se resigna a volver junto a los sacos y esperar. 
Busca el crucifijo bajo su blusa, se sienta, y vuelve a sus oraciones

“¿Hasta cuándo vas a estar ahí echada?” - oye en su cabeza. Es la voz de Thomas, sonando tan cerca como si estuviera allí mismo - ¿Te has rendido?”
- ¡No, claro que no me he rendido, darling! - responde Nerine, escrutando la penumbra con la mirada.
“¡Pues deja ya de rezar y sal de aquí de una vez!” - le oye decir.
-  ¡No puedo, Thomas! ¿Es que no ves que me tienen encerrada?
“No entiendo cómo  has permitido llegar a esto. Ya te advertí que la gente era peligrosa. Estos no iban a ser menos. ¿Por qué te has acercado a ellos?”
- ¿Dónde estás, Thomas? ¡No te veo!
“Estoy aquí”
- No, - dice Nerine cerrando los ojos- Tú no puedes estar aquí.
“Te dije que no te abandonaría”
- Pero necesito verte. Estoy... estoy tan cansada, darling. Déjame verte para que pueda dormir un poco... Solo un poco... No puedo más...

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Primero piensa que es el viento que hace vibrar el cristal de la ventana, pero  el temblor se convierte en un  golpe seco, seguido de otros muchos. Es entonces cuando Carlos abre los ojos.

- ¿Montse? - pregunta, sin obtener respuesta.

El sonido continúa ahí, intermitente, como si alguien tocara con los nudillos y aguardara a que acudieran a abrirle.
Intrigado, Carlos despierta por completo y se levanta de la cama.

Al otro lado del cristal hay un cuervo picoteando el marco de la ventana. Cuando el ave  observa que alguien se mueve, comienza a graznar y a golpear el cristal con fuerza.
A Carlos le parece una imagen tan irreal que por un instante piensa que está soñando.
Montse entra en la habitación.
- ¿Qué pasa? - dice con voz encogida.
- Tenemos un cuervo en la ventana. Y parece furioso.

El ave se queda quieta un instante, mirando a ambos con curiosidad. De repente emite un sonoro graznido, da un salto y echa a volar.

Carlos se acerca a la ventana y se queda boquiabierto.

- Ven a ver esto, Montse.
- ¡Por todos los santos! - exclama ella al mirar al exterior.

En la distancia, cientos, miles de cuervos vuelan en grandes círculos sobre los campos. Infinidad de puntos negros se mueven por un cielo bicolor. Es el momento en que el amanecer  abre una brecha dorada en el horizonte, y en ese continuo ir y venir de las aves, se diría que surgieran desde el mismo resplandor del sol.
Montse y Carlos las observan sin pronunciar palabra.
Están por todas partes, en los árboles, en los cables, los muros y las cercas

- ¡Dios mío, si ocupan todo el cielo!  ¿Pero de dónde ha salido tanto cuervo?
Carlos se queda pensativo.
- Creo que están sobrevolando la zona en la que quedaron atrapados tantos infectados.
- ¡Es verdad! - dice ella – Por allí está el bancal donde se hundieron en el barro.
- Eso ha debido de atraerlos. Tal vez estén hambrientos.
- ¿Quieres decir que  han venido a  comerse a...?
- ¿Por qué no? Los cuervos se atreven con todo.

Desde la planta inferior les llega un ruido.

- ¿Qué hora es? - dice Carlos sin dejar de mirar al exterior- ¿Hay alguien más despierto?
-  No lo sé. Voy a ver.

Montse encuentra a Juan Miguel junto a la chimenea.

-  ¡Juan Miguel! - dice a media voz - ¿Quieres ver algo increíble? ¡Sube!

Montse observa la cara de asombro de Juan Miguel cuando éste se acerca a la ventana. Los tres quedan como estatuas mirando al exterior.

Un cuervo planea por delante de la ventana. A los tres les impresiona verlo tan de cerca. Sus alas extendidas le confieren unas dimensiones asombrosas y cuando de repente se posa en el poyo de la ventana y golpea el cristal con el pico, no pueden evitar un respingo.
Pronto es un segundo cuervo el que hace lo mismo, y los impactos de ambos picos sobre el cristal hacen reaccionar a Juan Miguel, que los espanta con enérgicos aspavientos.
Los cuervos se alejan sin dejar de graznar.

- ¿Por qué han hecho eso?- pregunta Montse -  No querrán atacarnos, ¿no?
-  No lo sé – responde Juan Miguel – Pero hay que contarles esto a los demás.


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Nacho despierta a María José
- Es hora de partir- le dice- Ya lo tengo todo preparado.
- ¿Por qué no me has despertado? Quería ayudarte.

María José se viste mirando por la ventana. Los primeros rayos del sol hacen brillar el rocío de la madrugada.
Ve a Nacho secando a Solito con una toalla. Intuye que el perro  ha estado correteando  entre la hierba  mientras  Nacho cargaba el furgón de víveres  y ahora se agita deseoso de introducirse en el vehículo.

Antes de salir de la cabaña, María José  se vuelve para mirar el lugar en el que han vivido durante un tiempo, y suspira.
Sale al exterior y camina sobre la hierba. El prado que rodea la cabaña muestra un manto de diminutas perlas, y le parecen millones de ojos haciendo guiños.

Solito ladra al verla y corre a su lado. María José piensa en lo afortunado que es el animal, que se contenta con seguirles allá donde vayan, sin arrastrar el pesado lastre de los recuerdos.

Una vez arrancado el motor y cuando el coche empieza a moverse, María José observa que Nacho no mira hacia la cabaña, y vuelve a sentir un leve remordimiento.

- Lo siento, Nacho
- ¿Que lo sientes? ¿El qué?
- Sé que estabas a gusto aquí.
- Ah, bueno, no te preocupes por eso. Encontraremos otro lugar. Tan bueno o mejor que este.
- Habías conseguido que fuera un sitio muy agradable.
- Lo habíamos conseguido los dos. 
María José se queda en silencio.
- Gracias - dice finalmente.
- Te lo digo de verdad – dice Nacho al notarla afligida – En otras circunstancias me hubiera costado marcharme, pero entiendo tu forma de ver las cosas. Sí, creo que esto es lo que conviene hacer en estos momentos.
Solito jadea tumbado en el asiento trasero. En ocasiones  se incorpora para asomarse por la ventanilla y emite un ahogado gruñido cuando intuye algo anormal, como la presencia de esos seres hostiles que caminan  sin rumbo.

Termina el camino y llegan a una bifurcación con una carretera. Nacho detiene el vehículo.

- Bueno, ¿qué hacemos?
- Solo estoy segura de que hay que ir hacia el sur.

Nacho gira hacia la izquierda y acelera el vehículo por la carretera.
María José mordisquea unas galletas y con la imaginación camina sobre el suave perfil de las colinas que se deslizan a su lado. Después contempla el verdor de unas choperas, y cuando el resplandor del sol parpadea entre sus troncos, entrecierra los ojos.

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- ¡Fran no está! - exclama Juan Miguel- ¡Y Roquito tampoco!
- ¡Cómo! - dice Carlos - ¿Han salido?

De repente una sucesión de  golpes los sobresalta.

- ¡Por Dios! - grita Montse con una mano en el pecho – Hay que hacer algo con esa mujer. No podemos tenerla ahí encerrada más tiempo.

Juan Miguel levanta las manos y se queda mirando a sus compañeros, esperando una explicación.
- ¿Alguien entiende algo? ¿Se han ido sin decir nada a nadie?
-  ¡ABRIDME DE UNA VEZ! - grita la australiana  golpeando  la puerta del garaje.
En el piso superior se cierra una puerta.
- ¡Ay, Ángeles! - dice Montse al verla descender las escaleras-  Ya sabía yo que te despertaría  tanto  escándalo.
- ¿Fran no está? - pregunta con gesto de preocupación –  ¿Cuándo han salido?
-  Ni idea -  responde Juan Miguel, molesto- ¿No acordamos no actuar sin consultar al grupo?
-  Bueno, - dice Montse juntando las manos bajo la barbilla- está claro que no han querido perder tiempo. Seguro que pronto están de vuelta con el medicamento.

Ángeles aparta los visillos de la ventana. Ya hay suficiente claridad y no ve a ningún infectado caminando por delante de la casa.
Intenta poner en orden todos los pensamientos que se le agolpan en la cabeza. Tiene ganas de llorar, pero también siente alivio, el alivio de la esperanza que va creciendo a cada paso.

- Yo haré guardia para verlos llegar – se ofrece Carlos- Y avisaré para que les abramos la puerta.

- ¡SÉ QUE ESTÁIS AHI! - vuelve a gritar Nerine entre golpes - ¡¡OS OIGO CUCHICHEAR!! ¡¡MALNACIDOS, HIJOS DEL DEMONIO!!

Anasister sale de su habitación con aire desorientado. Ha oído que Fran y Roquito han salido y el miedo ha entumecido sus piernas. Juan Miguel la ve temblorosa y se acerca a ella. 

- Tranquila, volverán en seguida.

- ¡ABRID! ¡DEJADME SALIR, MALDITA SEA!
Montse mira a Ángeles.
- Yo no puedo soportarlo más, - le dice-  hay que dejar salir a esa pobre mujer.
- ¡No! – responde Anasister - ¡Ni se os ocurra abrirle!
-  Ponte en su lugar por un momento – dice Montse- Toda la noche encerrada... ¿Tenía una manta siquiera?  Debe de tener hambre.
-  ¡Que no!  - repite Anasister
- Vamos a darle agua al menos.
- Para eso hay que abrirle. Esa mujer es impredecible. ¡No me fio ni un pelo de ella! Esperemos a que vuelvan Roquito y Fran y decidiremos qué hacer con ella entonces.

Ángeles observa que el manojo de llaves de la puerta de entrada no está en la cerradura.

- De todas formas  tenemos que esperar – les dice-  Fran y Roquito se han llevado las llaves.

- ¡Los cuervos!  – dice Carlos sin dejar de mirar por la ventana – Empiezan a verse por aquí también.
- ¿Qué cuervos? - pregunta Ángeles.
- Ay, sí – dice Montse mirando a Ángeles y Anasister – Hemos estado viendo un montón a lo lejos. ¡Muchísimos!
Nerine vuelve a golpear  con insistencia.
Juan Miguel se acerca a la puerta que da acceso al garaje.
- ¡Espere solo un poco más! - dice alzando la voz - ¡Le abriremos pronto!
- ¡MI MARIDO PUEDE MORIR POR VUESTRA CULPA! ¡SOIS GENTE CRUEL! ¡SOIS...!
Anasister hace un gesto a Juan Miguel para que no siga hablando con ella.


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María José nota que el coche se ha detenido y abre los ojos.
Están en mitad de una recta carretera que se pierde en el horizonte. Nacho está añadiendo  combustible al vehículo, vertiéndolo de un pequeño bidón con un embudo.
- ¿Cuánto tiempo llevo durmiendo?
- Un rato, como veinte minutos.
-  ¿Y el perro? - pregunta al ver el asiento trasero vacío.
- Por allá va. Se ha vuelto  loco espantando a unos cuervos que había en la cuneta.

En un repentino destello, a María José le llegan las imágenes de lo que ha estado viendo mientras dormía.  Una bandada de  cuervos cubria por completo el cielo y ella oía sus graznidos en la distancia. Solo algunos de ellos se acercaban a observarla de cerca, planeando  circularmente sobre su cabeza.
Las oscuras aves se desplazaban en una dirección y ella, aunque las temía, era consciente de que debía seguirlas.

- ¿Cuervos? - le pregunta - ¿Muchos?
-  Una media docena. Aunque hace un rato sí he visto pasar un buen número.

Nacho termina de repostar y guarda el bidón en la parte trasera. Después silba con fuerza y se mete en el coche. Ambos ven llegar a Solito, que corre hacia el vehículo con la lengua colgando.

- Tenemos que seguirlos – dice María José
- ¿A los cuervos?
-  Sí. No sé decirte por qué, pero así lo siento.

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- ¡Ya los veo! - exclama Carlos- ¡¡Vienen hacia aquí!!
El grito de Carlos  contagia al grupo de una repentina emoción y todos se mueven con nerviosismo. 
Juan Miguel se apresura hacia la puerta.
- ¡Dime cuándo puedo abrir!
Anasister se abalanza hacia la ventana.
- ¿Los ves bien?  ¿Te parece que puedan estar heridos?
Montse se pasa las manos por la cara apartando las lágrimas y mira a Ángeles, asistiendo con la cabeza.
Ángeles se pone en pie y se queda muy quieta, sin atreverse a respirar siquiera.
- ¡Ahora se han puesto a correr! – les dice Carlos – ¡Juan Miguel, abre la puerta en cinco segundos! Cuatro... tres... dos... ¡abre!

El salón se colma de luz durante un instante, el tiempo en que Fran y Roquito entran en la casa y Juan Miguel vuelve a cerrar la puerta.

- No veo nada – dice Roquito entre soplidos – Está oscuro aquí.

Fran siente el abrazo de su hermana. Montse se pone a aplaudir.
Ángeles les mira las manos. Roquito acaba de dejar su barra de acero en un rincón y Fran ha soltado en el suelo un hacha en la que no se aprecia sangre reciente.
Todos quedan a la expectativa, sin atreverse  a preguntar siquiera, deseando que uno de los dos se meta la mano en un bolsillo y extraiga el frasco de Doxma.
Fran mira a Ángeles y ella solo encuentra tristeza en sus ojos. Roquito también la mira. Quiere decirle algo pero aprieta los dientes y baja la vista al suelo.
- No os preocupeis – les dice Ángeles – Ya encontraremos otro remedio.
Se dirige después a las escaleras y antes de subir  a su habitación les da las gracias a todos. Anasister la acompaña.
- ¡Pero cómo es posible! - exclama Carlos – ¡Os aseguro que yo lo dejé allí!
- Hemos visto muchos cuervos – dice Roquito – Y había algunos muy cerca del coche. Para mí que uno de esos bichos se ha llevado el frasco.

 En esos momentos estallan de nuevo los golpes de Nerine sobre la puerta del garaje.

- Fran, hay que sacarla ya– protesta Montse- No ha parado de golpear la puerta y de gritar. Me tiene los nervios de punta.
- Está histérica – dice Juan Miguel
- Bien, - dice Fran - voy a entrar.
- Te acompaño – se apresura a decir Roquito
-  No, quedaos aquí, si os ve se pondrá peor. Sé cómo tranquilizarla.
- Espera – dice Montse – Hay que darle algo de comer.

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Nacho ha detenido el furgón a la sombra de una encina en mitad de un páramo.

- Los nervios me han dado hambre – dice – Vamos a comer algo.

 Desde aquel lugar pueden divisar cualquier movimiento a gran distancia desde los cuatro puntos cardinales. Nacho ha sacado una pequeña mesa plegable y sobre ella coloca unas latas y un tarro de fruta en conserva. No deja de pensar en la siniestra imagen de la ciudad vacía que han sobrepasado  desde la carretera paralela, y en los cuerpos desgarbados que encontraron después, caminando en fila india por el arcén. Un par de aquellos caminantes se cruzaron al verles pasar y Nacho no tuvo más remedio que arrollarlos.

- ¿Abrimos esta de sardinas en aceite?
-  Sí– responde María José – Por mí bien.
Nacho levanta la anilla y ésta se hunde en el metal. María José ve cómo emerge el aceite, que tiene un color rojizo que se va tornando más vivo. El líquido cubre toda la superficie de la lata y rebosa sobre los dedos de Nacho, que se tornan rojos de inmediato. El aceite es ahora sangre y cae a chorros al suelo. María José mira con horror cómo el intenso rojo se extiende sobre la tierra.  Mira entonces a Nacho y descubre la cara de Nerine, que la mira con ojos de absoluta locura.

- ¿Va todo bien? - dice él
María José tarda unos segundos en reaccionar.  Entonces Nacho comprende.
- Has visto algo, ¿verdad?
- Sí... - dice ella poniéndose en pie y aspirando hondo- He visto... Creo que Nerine está a punto de hacer algo horrible.

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Nerine escucha el sonido de unas llaves en la cerradura y, temblando de impaciencia, retrocede unos pasos. De repente se siente insegura y entonces se da cuenta de que ha dejado el cuchillo en el suelo, junto a los sacos. Corre a por él, pero la puerta se abre antes de que ella llegue al lugar.

- Buenos días, Nerine – dice Fran, que entra con una bandeja entre las manos. Con un pie vuelve a cerrar la puerta, simulando no haber visto el aturdimiento de Nerine al agacharse y esconder  precipitadamente una mano tras la espalda- Te traigo algo para comer.
Nerine, estática, lo mira fijamente.
- Toma – le dice Fran acercándose y ofreciéndole la bandeja.
- No tengo hambre – responde friamente.
- ¿Seguro? Come algo, mujer.
- No quiero nada vuestro. Absolutamente nada. Sólo quiero que me dejéis marchar.
- Lo sé - dice Fran- Y con ese propósito vengo – y avanza unos pasos, fingiendo buscar un lugar donde dejar la bandeja pero con la intención de descubrir qué esconde la australiana – Anoche estábamos todos muy nerviosos y, créeme, no me quedaba otra opción que meterte aquí. Te pido disculpas si...
- ¡No quiero tus disculpas!- grita Nerine -  ¡Mi marido está enfermo! Si le ha ocurrido algo...
- Calma, Nerine – dice Fran dejando la bandeja en el suelo – No te estamos reteniendo porque sí, solo intentábamos evitar que salieras cuando no era posible.
-  ¡Quiero irme ahora mismo!
- De acuerdo, pero come un poco.  Necesitas coger fuerzas.
- ¡¡He dicho que no quiero nada!!
-  En cuanto comas un poco te podrás ir. Nadie te lo va a impedir – La australiana lo mira con desconfianza y Fran asiente con la cabeza – Te lo prometo.
 Nerine se acerca a la bandeja. Cuando intenta agacharse, el frasco de jarabe, aferrado en la misma mano en la que sujeta el cuchillo, resbala y cae al suelo. Nerine se sienta de inmediato encima de él.

- ¡Está bien, vete!- le grita Nerine - ¡Déjame comer a solas!  ¡No te quedes mirándome como si fuera un perro! ¡VETE!

Pero  Fran no se mueve. Le ha bastado esa fracción de segundo para entenderlo todo.

- ¿Qué escondes ahí, Nerine? - empieza a decir, todavía desconcertado.
- ¡¡VETE DE UNA VEZ!!  ¡¡VOY A COMER Y DESPUÉS ME IRÉ!!
- Todo este tiempo... ¿tenías TÚ ese jarabe?
- ¡¡DESPUÉS ME IRÉ!! ¡¡ME LO HAS PROMETIDO!!

Fran se acerca furioso y la aferra de una muñeca.

- ¡LEVÁNTATE Y ENSÉÑAME LO QUE ESCONDES AHÍ! - grita Fran, y gira la cabeza hacia la puerta – ¡¡EH, VENID A  VER...

Un fugaz latigazo. Eso es lo que Fran nota en el cuello. Simplemente.

Después siente manar un líquido ardiente que le recorre el pecho, y va empapando su ropa. En un movimiento instintivo levanta la mano al lugar en donde la carne palpita  y comprende lo que ha ocurrido.
Los ojos de Nerine, sobre un rostro inhumano salpicado de sangre,  lo miran con la furia de un animal enloquecido.
Fran da unos pasos hacia la puerta. La vista se le nubla, las piernas se le doblan y cae al suelo.

Con la respiración desbocada, Nerine  se queda mirando la sangre que se va extendiendo sobre el cemento. Después mira el cuchillo que sigue aferrando en una mano que ahora tiembla.
Una voz desde el otro lado de la puerta la llama.

- Muy bien, querida – oye decir a Thomas – Ahora puedes irte de aquí. Ya eres libre.

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EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO...

11 mar. 2017

20. LA SOLEDAD A LO LEJOS

En la aldea  


Han ocurrido tantas cosas y tan extrañas en los últimos días, que me cuesta detener los pensamientos el tiempo suficiente para ordenarlos y poder anotarlo todo aquí.
Lo más importante, y lo más atroz, es que Holden ha vuelto a ser  atacado por uno de esos seres horribles.
Sucedió cuando intentaba atraer a los muertos hacia el encierro que había preparado, y esa mujer extranjera, Nerine, que apareció en la aldea de pronto, lo echó todo a perder.
Después del ataque Holden pudo volver a la casa, y tras subir a nuestra habitación quedó inconsciente. Lo más sorprendente es que al despertar parecía que, de alguna manera inexplicable, había recuperado su verdadero carácter, que volvía a ser él mismo, el Holden que yo conozco. Había perdido la agresividad y la intransigencia que lo han estado dominando últimamente. Fue una bendición y una gran alegría verlo así, cariñoso, razonable y paciente, y no sólo conmigo, sino con los demás también. Eso me dio mucha tranquilidad, porque me resultaba muy doloroso que estas personas que tanto nos están ayudando lo vieran de ese modo, como alguien agresivo, arisco y desagradecido.

Además, y de manera sorprendente también, Anasister ha logrado recordar, gracias a una palabra dicha casualmente por Holden en una conversación, el nombre del medicamento que, según creemos, podría salvarlo. Es un jarabe llamado Doxma. Este jarabe, por desgracia, no está entre las medicinas que ella, Fran y Roquito trajeron de la ciudad, en aquella dramática expedición que le costó la vida a AB.
Y para más coincidencia, Carlos, que está enfermo de agotamiento y con mucha fiebre, ha tenido fuerzas para recordar que vio un frasco de Doxma en la carretera, cerca de nuestra casa, junto a un coche abandonado; y que, por alguna razón que ahora resulta providencial, lo recogió y lo guardó en el maletero de ese coche.
Cuando nos contó esto, varios de nosotros nos ofrecimos para ir en seguida a buscarlo. Finalmente acordamos que fuesen Fran y Roquito, que saben con certeza dónde está el coche. Irán mañana a primera hora de la mañana.  Rezo para que  encuentren el jarabe, ese bendito Doxma, y vuelvan sanos y salvos.

No puedo ocultar que siento mucha antipatía, por no decir pura aversión, por esa tal Nerine. Desde que apareció no ha hecho más que estorbar y causar problemas. No hay duda de que está trastornada, se comporta como si fuésemos enemigos y ella una prisionera. Habla sola, nos mira con recelo y odio, y pretende que Fran, que ha conseguido ganarse su confianza, la lleve con su marido, aunque nadie sabe dónde está. Esta tarde llegó a tal grado de furia y de provocación que Fran la llevó al garaje y la dejó allí encerrada. Desde el salón y la cocina la oíamos gritar y dar golpes en la puerta, exigiendo que la dejásemos salir. Después de un rato dejó de gritar y amenazarnos, y entonces empezó a hablar en voz alta con su marido, diciéndole que tenía lo que él necesitaba pero no podía ir con él, que él tendría que ayudarla a salir de allí… En fin, no sabemos a qué se refería, qué es lo que dice tener y que él necesita… Es imposible imaginar qué ideas delirantes puede haber en esa cabeza perturbada.
Pero antes de esto, antes de que Fran la encerrara, hizo algo por lo que nunca la perdonaré. En su obsesión por marcharse, abrió la puerta de la calle, sin ninguna precaución, sin conciencia de la situación en que nos ponía a todos, y en seguida una masa de muertos se abalanzó contra la casa, intentando entrar. Fue horrible. Sólo pensar que esa caterva de monstruos hubiese invadido la casa, mi hogar, me aterra y me enfurece.
Mientras esa odiosa Nerine contemplaba impasible la escena, nosotros, pero sobre todo Fran, Roquito y Juan Miguel,  con muchísimo esfuerzo y riesgo conseguíamos contener el asedio de los muertos. Pero no habríamos podido alejarlos de la casa de no ser por Holden. Cuando ya nos creíamos perdidos, cuando ya estábamos agotados, escuchamos los cencerros, los que Holden había preparado como reclamo para llevar a esas criaturas infernales a su encierro. Tan débil como estaba, se levantó de la cama, fue hacia la ventana y los hizo sonar tirando de la cuerda… Y nos salvó la vida a todos, así de simple.
Cuando subí para verlo, lo encontré en el suelo, de nuevo inconsciente.
Y por desgracia así sigue, sumido en un desvanecimiento tan profundo que Anasister cree que está en coma.
Es una posibilidad que no quiero aceptar, pero tengo que admitir que en mi corazón yo también lo creo.

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“¿Qué sentirán?”, piensa  María José.

Nacho conduce por un camino rural. El brillo del sol realza los colores del campo y ambos contemplan la belleza de los almendros en flor. La perfumada brisa que entra por las ventanillas viene acompañada de múltiples recuerdos de una vida que ya les parece muy lejana.

Por la cuneta, encarados hacia ellos, aparecen de repente dos caminantes.

Son un hombre de piel muy blanca, con profundas heridas en la cara y una mujer con el pelo largo, apelmazado en las mejillas. Caminan uno junto al otro, mirando hacia el suelo  y se detienen para levantar la cabeza al  pasar el coche  junto a ellos.

- ¿Qué sentirán? - dice María José mirando cómo  los cuerpos disminuyen en el espejo retrovisor.
- No pueden sentir nada – responde Nacho - Son materia muerta.
- Pero cómo podemos saberlo realmente.
- ¿Crees que pueden sentir?
- No quiero decir “sentir” exactamente. Me refiero a si, por ejemplo, esa pareja era consciente el uno del otro. Si percibían la compañía. 
- No lo creo.
- ¿No? Si de repente uno desaparece, ¿el otro no se da cuenta?
- El otro seguiría caminando sin inmutarse.
- No sé, puede que tengas razón, pero a veces... - María José se queda callada.
- Dime, - le insta Nacho a continuar - qué es lo que piensas de ellos. Yo tengo mi propia opinión, pero puedo estar equivocado.
- Si hubieras parado junto a ellos...  se habrían enfurecido, ¿verdad? Y nos habrían atacado. ¿No es ese odio un sentimiento al fin y al cabo?
- No, porque no es odio. Simplemente se mueven por acto reflejo, como una respuesta instintiva de sus cerebros. Ven a su alcance la carne fresca que buscan y se mueven para conseguirla.
- Pero les cambia el gesto, se vuelven agresivos, sacan los dientes como los animales...
- Pero no lo hacen para intimidar, es un acto inconsciente.
- ¿Y el hambre? ¡Sienten hambre!
- No exactamente, parece que les ha quedado un instinto muy primitivo: el de buscar sustento,  pero no sufren por ello. Si encuentran carne comen, pero si no la encuentran pueden seguir buscando sin desfallecer.

María José vuelve a quedar en silencio durante unos segundos.

- Es muy difícil aceptarlo – dice finalmente - Ni hambre, ni frio, ni miedo, ni dolor...  Nada de nada. Y sin embargo...  ambos tenían la mirada triste.
- Nos cuesta comprenderlo porque nunca habíamos vivido nada igual. Pero cuanto antes aceptemos la nueva realidad, mucho mejor.

Nacho detiene el furgón junto a un cobertizo.  Ha visto una gran cuba de plástico en su interior y piensa que podrían  transportarla a la cabaña.
“Nos vendrá bien  para  almacenar agua de lluvia”, piensa.
Cuando gira la llave del contacto y el motor se detiene, mira a María José.

- ¿Sigues pensando en lo mismo?
- No, estaba... - empieza a decir – Me ha parecido ver a un hombre con un cubo de pintura.
- ¿Dónde? - pregunta Nacho buscando con la mirada.
- No, no lo he visto por aquí. Me refería a...
- Ah, entiendo. ¿Solo has visto eso?
- Sí, - dice María José masajeándose la frente - ha durado muy poco.
- ¿Pero estás bien?
- Sí, es sólo... Este lugar...
- Dime
- ¿No te pasa a ti que cuando estás en la cabaña necesitas salir y cuando estás lejos tienes ganas de volver y encerrarte en ella?
Nacho le sonríe.
- Siento una especie de... – continúa María José – Creo que en todo este tiempo he estado deseando sentirme segura en algún lugar, pero ahora que ese lugar existe... me doy cuenta de que nada ha cambiado en realidad.
- Te entiendo, – dice Nacho – y es completamente normal que te sientas así. Nunca podremos decir que estamos completamente a salvo, pero tampoco conviene preocuparnos demasiado. Basta con que siempre tengamos mucho cuidado.

Acostumbrados a la quietud del entorno, al silencio de los paisajes en los que nada se mueve, a Nacho y María José les resulta cada vez más fácil detectar cualquier movimiento, por leve que sea. 
Pero además tienen  la suerte de tener con ellos a Solito.

Al descender del vehículo, un corto gruñido del perro les  pone alerta. Se quedan quietos, mirando hacia un punto negro en la distancia, hasta que alcanzan a vislumbrar a un hombre que avanza hacia ellos. Su ropaje oscuro destaca sobre el polvo del camino, un camino recto, por un denso cañaveral

- Por un momento he pensado que estaba vivo – dice Nacho.
Con la palma de una mano sobre los ojos, María José observa fijamente el cuerpo, que camina con una cadencia poco habitual en los infectados.

- ¡Es que está vivo! - exclama
- ¿Cómo lo sabes? -  pregunta Nacho, sorprendido.

En ese instante ven cómo otro cuerpo surge de entre las cañas y se abalanza sobre el hombre. Ambos caen por el terraplén y quedan ocultos entre la maleza.

- ¡Vamos a ayudarle! - decide Nacho - ¡Sube al coche!
- ¡No, espera!
Nacho mira a María José. Solito salta al interior del vehículo y vuelve a bajar, inquieto.
- Ya no hay nada que hacer – dice ella pausadamente.
Nacho mira hacia el lugar en que los han visto desaparecer. No hay movimiento en la zona, ni les llega sonido alguno.
- ¡Tenemos Doxma! - exclama – ¡Podemos ayudarle! -  Vuelve a mirar a María José, que sigue ensimismada.
- Le ha desgarrado el cuello.
Nacho la mira desconcertado.
- ¿Estás segura? ¿Cómo puedes saberlo?
María José asiente con la cabeza.
- ¡Por Dios! ¡Ha sido todo tan rápido! ¡Pero es que ni siquiera lo he visto reaccionar!

Nacho intuye que ella está “viendo” algo y   deja pasar un tiempo antes de volver a hablar.
- Venga, vámonos - le dice al fin – Se me han quitado las ganas de todo.
- Sí,  vámonos - responde - pero acerquémonos hasta allí.  Necesito comprobar algo.

Suben al furgón y Nacho lo dirige hacia el estrecho camino. Las cañas que se inclinan hacia el suelo golpean la carrocería al pasar.
María José intuye  a un hombre pintando una sábana con grandes letras azules:
  AYUDA, SU

Al llegar al terraplén  en el que desaparecieron los cuerpos, Nacho reduce la marcha y mira entre las cañas intentando captar algún movimiento. 

- ¿Ves algo? - pregunta– Yo no veo nada.

Entonces perciben un  desplazamiento de cañas entre la maleza y ante ellos surge un infectado. A sus pies se ve parte de un cuerpo inmóvil. El muerto  empieza a caminar hacia el vehículo. Tiene la cara  cubierta de sangre por completo y también las manos, que manchan las cañas al avanzar. Solito empieza a gruñir.

- Vale, vámonos ya – dice María José.
El infectado está a punto de apoyar las manos en el furgón cuando Nacho acelera y se alejan de allí.
- ¿Qué querías comprobar?
- Era el hombre que había visto antes.
- ¿El del cubo de pintura? ¿Es el que acaba de morir?
- Sí, y vivía cerca de aquí.
- ¿Hay más gente viva por aquí? ¿Puedes verlo?
- Por allí – dice ella señalando hacia el este – Estoy asustada, Nacho. Jamás he estado por este lugar y sin embargo lo estoy reconociendo.
- Tranquila, María José. No tengas miedo. ¿Dices que hay gente viva por allí?
- No, que el hombre vivía por... ¡Espera! Te has pasado el cruce, Nacho. Vuelve atrás.
- ¡Es fascinante! – exclama obedeciendo - ¿Eres capaz de llevarme a su casa?
- ¡Entra por ahí!

Nacho avanza por un camino cubierto de grava entre altos chopos de troncos plateados.  A pocos metros surge una elegante verja flanqueada por robustas columnas.

- Esta es la entrada – dice María José – Espera, voy a abrir, no tiene candado.

Los pensamientos de Nacho se disparan.  A lo incomprensible de vivir entre muertos que caminan sin descanso, se suma la inexplicable clarividencia de su amiga. Por un instante se siente un privilegiado aunque  al mismo tiempo está confundido e inquieto por algo tan insólito.

Atraviesan la puerta y avanzan por el camino de grava. Al fondo ven la fachada gris de una mansión. Colgada entre dos de las ventanas superiores hay una sábana con grandes letras azules:

AYUDA, SUPERVIVIENTES

Nacho mira a María José.
- No, no hay nadie – dice ella.
Detienen el furgón junto a una fuente circular sobre la que emerge una estatua de piedra. Es una joven tocando un arpa. Su  melancólica mirada  apunta  hacia la verdosa agua estancada a sus pies. Tiene las faldas cubiertas de líquenes y María José observa que se han roto los dedos que tocan el arpa.

- Este lugar es una maravilla- susurra Nacho- ¿Cuánta gente viviría aquí?
- Tres personas - dice María José.
- ¿Sólo tres? ¡Pero si parece un hotel! Gente rica, eso está claro.

El perro corretea alrededor de ellos, deteniéndose de vez en cuando a olfatear algunos lugares.
Cercados por la enorme fachada, rodeada a la vez de altos árboles, el silencio  en aquel recinto parece un ente milenario.  Solo se escucha el crujido de sus pisadas y el aleteo de la sábana cuando la brisa la hace ondular.
- ¿Entonces no queda nadie dentro? - pregunta Nacho.
María José ha levantado la cabeza hacia el gran cartel. Nacho la ve cerrar los ojos y contraer el gesto. Permanece inmóvil durante unos segundos y poco a poco su expresión se suaviza.
Cuando abre los ojos, Nacho espera alguna respuesta positiva.

- Los dueños de la casa ya no viven. Primero falleció el hombre, hace unas semanas. Y la mujer... la mujer murió hace muy poco.
-  ¡Vaya! - exclama Nacho.
- Estaba enferma del corazón.
- ¿Y el hombre que escribió esto...? - pregunta Nacho señalando a la sábana.
- Trabajaba y vivía aquí, con ellos. Era el único empleado del servicio que no los abandonó. Cuando lo vi caminar me llegó de inmediato la pena que sentía. Por eso no reaccionó al ser atacado. Estaba como ido.

Entran en la casa e inspeccionan las amplias estancias de la planta baja durante largo tiempo.
Nacho siente un  escalofrío al encontrar en movimiento el péndulo del reloj del salón.  Hay un mueble de puertas de cristal con escopetas de caza y Nacho las saca de allí y las coloca junto a la puerta de entrada.  En la cocina encuentran  una gran despensa  llena de víveres.

- ¿Pero por qué no se quedó ese hombre aquí? Un lugar como este, en una casa tan segura...
A María José se le humedecen los ojos.
- Yo lo puedo entender. Tampoco yo habría soportado quedarme sola. Toda la vida en compañía y de repente... vivir sin nadie, rodeado de recuerdos. ¿No te parece horrible?

Nacho se queda pensativo. En ese momento se da cuenta de que es muy distinto a ella. Ha vivido solo durante muchos años en los que se acostumbró por completo a la soledad, y ahora es consciente de que la nueva vida no es para él la gran tragedia que supone para otros,  que no percibe el cambio de manera tan aplastante.

En uno de los cuartos de baño, María José encuentra un frasco de perfume. Lo destapa, lo huele, y vuelve a dejar el frasco en el mismo sitio.  Sale del baño y cierra la puerta.
Busca a Nacho y lo encuentra en la cocina.
- Ven, vamos a comer algo- le dice al verla-  Dime qué te apetece. Tenemos para elegir.

María José mira por la ventana. Los árboles se balancean en la distancia como un verde oleaje y el sol dibuja destellos en sus copas que a ella le parecen espuma.
- Parece que se está levantado aire – comenta.
Solito gime mirando a Nacho y éste coloca en el suelo un plato para él.
- Toma, campeón. Que también hay para ti.

Comen en silencio. Ahora les llega con más fuerza el sonido del viento. No pueden evitar sentir cierta inquietud, y ambos se ponen tensos cuando escuchan las graves campanadas del reloj del salón.

- He utilizado dos cajones hondos para transportar todo lo que vamos a llevarnos – dice Nacho – Están en la entrada. En cuanto comamos los cargamos en el coche y nos largamos de aquí.

María José está a punto de decirle que no han inspeccionado las plantas superiores pero se queda callada. El viento parece haberse metido en su interior, levantando grandes nubes de luz y sombras. Ha visto al hombre que pintó la sábana subiendo las escaleras, desesperado por no querer dejar sola a la mujer enferma, angustiado por no tener las medicinas que ella necesita. También lo ha visto arrodillado junto a su cama. La mujer lo mira con infinito agradecimiento y él le besa las manos.  Después él le baja los párpados y la deja en aquella enorme cama.
Y de repente es consciente de que eso ha sucedido... hace unas horas... ¡esa misma mañana!
Y  la mujer...  ¡ha vuelto a abrir los ojos!

- ¿Nos vamos? - dice Nacho.
- ¿Cómo?
- Tengo que admitir – dice Nacho-  que me va a costar acostumbrarme a verte así. Cuando estás en uno de esos trances siento que me quedo solo.
- Sí, - dice ella levantándose - ¡vámonos!

Antes de salir, Solito se pone nervioso y empieza a ladrar en dirección a  las escaleras.
Nacho se cuelga al hombro las dos escopetas y coge uno de los cajones.
- ¿Puedes tú con el otro?

Cuando salen al exterior, el cielo se ha encapotado y la luz es ahora lúgubre y cenicienta.
En la fuente, sobre la cabeza de la estatua hay un cuervo que echa a volar al verles, y otro surge del interior del estanque.  Entre el  viento los oyen graznar con rabia.

Solito está inquieto y cuando Nacho abre la puerta salta al interior del furgón.
María José coloca uno de los cajones en el compartimento trasero. Nacho ha metido allí un cuchillo grande y al verlo, María José se encuentra cara a cara con Nerine.
Nerine tiene un cuchillo como ese y la amenaza con él. La cara, salpicada de sangre, es tan agresiva que María José da unos pasos hacia atrás y parpadea varias veces antes de correr a su asiento.
Cuando Nacho entra al coche y cierra la puerta, ven cómo el viento arranca la sábana de la fachada, que vuela como una extraña ave blanca que huyera de un peligro. La sábana planea hasta quedar enredada entre unos cipreses.

- ¡Uff! - resopla Nacho después de un tiempo conduciendo sin decir nada – Un día de lo más completo, ¿eh?
María José cierra los ojos cuando el vehículo pasa entre el cañaveral.
- Estás cansada, ¿verdad?
- Sí - responde con desgana.
- Demasiadas emociones. E imagino que mucho más para ti, por todo lo que...
- He vuelto a ver a Nerine – le interrumpe.
Nacho se queda callado, esperando a que prosiga.
- Creo que los que están con ella no se imaginan lo peligrosa que es. Está a punto de cometer una locura. Aquella gente... necesita ayuda.

María José no dice nada más y Nacho se queda pensativo.
Piensa en todo lo sucedido ese día, en cómo han podido comprobar que todo puede acabar  en un par de segundos. Imagina lo afectada que ella está, por lo mucho que le  aterra la posibilidad de quedarse sola.
Es consciente de  que él no está pasando por la angustia que ella vive, que él no tiene el sentimiento de pérdida que ella intenta superar.
Reconoce que para él no hay más preocupación que dejar pasar tranquilamente cada día, sin pensar en el mañana.
Que él se encuentra tranquilo en la cabaña pero que ella no lo estará nunca. Ni allí ni en ningún sitio mientras exista la posibilidad de cualquier fatalidad que la dejara sola.

Entiende entonces que él no tiene sentido de pertenencia, que no siente la necesidad de formar parte de un grupo, de una comunidad en la que todos se ayuden y se hagan compañía.
Pero ella sí.
Eso es lo que más necesita María José en estos momentos.

- Dime una cosa... – empieza a decir - ¿Crees que serías capaz de llegar hasta Nerine?
María José se vuelve para mirarlo,  sorprendida por la pregunta.
- No, - dice sin convicción - no creo...
- Yo creo que sí que podrías.
- No estoy segura, pero...
- ¿Quieres que salgamos mañana?
- ¿A buscarla?
- Si, a encontrar a esa gente que está con ella.

16 feb. 2017

RETO: SALVAR AL MORIBUNDO HOLDEN

El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos.
William Shakespeare

Alguna que otra vez, durante la lectura de una novela o en el visionado de una película, hemos pensado que todo estaba siendo demasiado predecible. Al final puede habernos gustado más o menos, pero si de antemano se veía lo que iba a suceder, no se habrá encontrado esa estimulante emoción que a todos nos gusta vivir.

Supongo que todos estaremos de acuerdo en que no hay nada más atractivo a la hora de que nos cuenten una historia que el que contenga alguna que otra sorpresa que ni por asomo esperábamos, que la trama dé un giro inesperado y se produzca ese impacto ante nuestros ojos que nos deje desconcertados.

Si algo me gusta de esta historia que nos llevamos entre manos es precisamente eso: que no se puede decir que sea predecible. Ni yo mismo - y esto es algo que no me cansaré de repetir- sé con seguridad lo que puede suceder en adelante ni qué personajes van a sobrevivir.

En este punto en el que nos encontramos, todo apunta a que Holden, mordido en una pierna por un niño zombi y también en un hombro por un infectado hecho y derecho, pase a formar parte de las bajas. Podría ser la quinta defunción, si no llevo mal la cuenta.

Pero, claro, ni siquiera nos planteamos ir a buscar flores para su tumba porque sabemos que Nerine tiene un frasco de Doxma en el bolsillo y que María José y Nacho podrían aparecer tarde o temprano en la aldea con un buen cargamento de ese jarabe milagroso.

Pero estaba yo pensando que si todo depende finalmente de mí, de lo que yo decida escribir, el factor sorpresa podría funcionar con vosotros pero no conmigo, y ya he dicho cuánto me gusta un buen susto en cualquier historia.

Es por esta razón que voy a lanzar un nuevo reto para que nadie, ni yo mismo, sepa con seguridad qué ocurrirá.
Esta vez no será un reto de superviviencia general como hasta ahora ha sido, sino una cooperación por vuestra parte para intentar salvar a Holden.
Si el reto se consigue, el Doxma le llegará a tiempo, de lo contrario... nos quedaremos sin el amo de Villa Zombi.

¿Qué es lo que hay que hacer? Algo muy sencillo, creo yo.

Han de participar en el reto los 7 compañeros que se encuentran ahora mismo en la casa junto a Holden, es decir: Ángeles, Fran, Anasister, Roquito, Carlos, Montse y Juan Miguel. Es evidente que la malvada Nerine se negaría a ayudarle y Nacho y María José todavía no lo conocen, por lo que estos tres personajes se quedarán al margen esta vez.

Antes del 1 de marzo, cada uno de los siete retados ha de conseguir que un bloguero deje un comentario.
Es decir, Ángeles, por ejemplo, (seguro que ya la he puesto nerviosa) ha de pedir a un bloguero o bloguera de confianza que le haga el favor de entrar en este blog y escribir:
Hola, vengo de parte de Ángeles con la intención de salvar a Holden...”
Otro lo haría informado por Fran:
Hola, vengo de parte de Fran con la intención de salvar a Holden...”
Y lo mismo para todos los demás.

Ni que decir tiene que el bloguero que se preste a ayudar, además de empezar como he dicho, puede añadir lo que quiera si le place.

La razón por la que pido que sea un blogger es para que no se hagan trampas, pues uno mismo podría escribir en nombre de otro, y eso sería engañar al mismísimo diablo. Osea que es necesario que el nombre del comentarista enlace a su blog.

Si llegan los siete comentarios antes de que acabe el mes, el reto estará superado.

Peeero... (y aquí está mi lado benévolo, para que no todo sean maldades):
Cabe la posibilidad de que alguno se despiste o incluso que no llegue a leer esto a tiempo. Esto perjudicaría a Holden, al que puse en la cuerda floja a pesar de que nunca perdió ninguna prueba de supervivencia. Para darle la posibidlidad de luchar contra una posible adversidad, él mismo podrá poner de su parte para salvarse. Eso sí, con condiciones.

Si el 26 de febrero, a dos días de que acabe el plazo, alguno no ha conseguido el comentario amigo, el mismo Holden podrá pedir ayuda a compañeros bloggers para que le salven pero cada falta se multiplicaría por tres. Es decir, que si faltara solo un comentario, tendría que conseguir tres. Si faltaran dos, seis, y así hasta morir de estrés.

El reto empieza en este mismo momento.

Y ahora es cuando yo me relamo de gusto esperando a ver cómo se juegan las cartas y preguntándome cuál será el destino de Holden.

La emoción está asegurada.



La vida no es siempre una cuestión de tener buenas cartas,
sino de jugar bien una mala mano.
Robert Louis Stevenson