Esta pretende ser la historia de quince supervivientes en un mundo devastado y plagado de zombis. Los protagonistas son familiares y amigos míos que habrán de interactuar para llegar hasta el último capítulo. Pero, irremediablemente, algunos de ellos se habrán de quedar en el camino.
(Esta es una sinopsis patrocinada por Doxma)

19 jun. 2017

ÚLTIMO RETO DE SUPERVIVENCIA

(AVISO: Si no estás puesto al día en esta historia, es muy probable que te encuentres con algún spoiler. Y ya se sabe que un spoiler puede hacer más daño que un zombi en ayunas)

¡Saludos, supervivientes!

Parece que por fin hemos llegado al punto del relato en el que todos los personajes se juntan. ¡Ya era hora! A ver si es verdad aquello de que la unión hace la fuerza.

Pero digo que “parece” porque  aunque María José y Nacho han llegado a la aldea y están ante la casa de Holden, no van a encontrar a todos en el interior. 
Roquito se ha marchado. Muy trastornado, por cierto, y no tengo claro si tendrá intención de volver.
Tampoco encontrarán a Nerine, la única a quien María José espera encontrar y que fue expulsada tras la muerte de Fran. Me pregunto si seguirá viva.

Sabemos que, para felicidad de Ángeles, Holden ha salido del coma, y es de esperar que la noticia alegrará a todos, incluida Anasister, a la que tengo ganas de verle levantar cabeza.

¿Y qué ocurrirá a continuación? ¿Mejorará el estado de salud de Carlos? ¿Podrá Juan Miguel establecer un plan conjunto de supervivencia? ¿Serán capaces de seguir utilizando los  huertos para su abastecimiento?  Porque no pueden vivir a base de los caldos de Montse, por muy ricos que estén.

Pero antes de que la historia siga su curso he venido para anunciaros algo.
Lo diré sin rodeos, sin miramientos, porque sé que a estas alturas ya estáis curados de espanto:
No todos vais a llegar al final de la historia, aún falta por caer UNO MÁS.

Así que me saco de la mollera las normas para que llevéis a cabo EL ÚLTIMO RETO DE SUPERVIVENCIA, que dice así:

1) Para salvarse definitivamente y ser un verdadero superviviente en The Zombie Experience tendréis que hacer una foto y enviarla a mi correo: jotacaroz@hotmail.com

2) En la foto ha de aparecer cualquier animal que haya sido nombrado en la historia, así como una mano sujetando un papel con vuestro nombre.
Ejemplo:

(Es solo un ejemplo. Ni hay un JuanRa en la historia ni ha aparecido ningún gato (que yo recuerde))

3) Ha de ser un animal real, vivo o muerto, por lo que no sirven dibujos ni representaciones artísticas de ningún tipo. Sí que se aceptan animales disecados.

4) El plazo de admisión de las fotos es hasta el 30 de junio de 2017 a las 23:59h.

4) No se puede repetir animal, por lo que iré actualizando esta misma entrada para publicar por orden de llegada las fotos, indicando fecha y hora. De esta forma, si enviais foto con un animal que ya haya sido elegido, habríais de buscar otro.

5) No importa si el animal se ve cerca o lejos pero, eso sí, ha de ser visible y reconocible. Y también se ha de ver claramente vuestro nombre en el papel, sujeto por una mano.

6) En el caso de que todos envieis fotografía válida antes del plazo, perdería, y por tanto sería eliminado de la historia, el último en hacerlo.

7) En el caso de que hubiera más de uno que se despistara, o llegara fuera de plazo, o no encontrara animal que fotografiar o simplemente no le apeteciera participar, yo anunciaría de qué forma sería el sorteo para determinar quién o quienes sobreviven y quién sucumbe.

Y creo que nada más. Si surgen dudas las podéis plantear en los comentarios y el Señor Notario Especialista en Asuntos de Supervivencia Extrema os las aclararía de inmediato.

Una vez más, (¡ánimo, que es la última!) me froto las manos ante la divertida incertidumbre.

¿Quiénes sobrevivirán? ¿Quién se quedará en el camino?

Vamos, no os quedéis con esa cara. ¡De sobra sabíais que los apocalipsis zombis son muy  jodidos!
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ACTUALIZACIÓN: 20/06/2017
 El 19 de junio a las 19:27h recibo esta foto de Roquito
"Aquí está el auténtico Solito. Es el perro de mi vecino. Tendrás que afinar el ojo pero está ahí"

ACTUALIZACIÓN: 21/06/2017
El 21 de junio a las 19:06h recibo esta foto de Ángeles:
"Caballos hay en la historia, que me acuerdo yo. Este tiene un zombi enganchado, pero no tenía yo ángulo para encuadrarlo" xD 

ACTUALIZACIÓN: 21/06/2017
María José envía esta foto:
Una foto estupenda, María José, pero dado que Roquito ya envió una con perro, esta no es válida y tendrás que buscar un animal distinto. ¡¡Ánimo!!

ACTUALIZACIÓN: 22/06/2017
Nacho envia esta foto a las 19:12h:


 "Recuerdo que Montse preparaba un conejo para comer. Ahí va el que he encontrado. Y lo que me has hecho sudar, con la que cae!!!"

 ACTUALIZACIÓN 22/06/2017
Juan Miguel envía la siguiente foto a las 20:38h:
"Una gallina, un pollo y una oca"


ACTUALIZACIÓN 24/06/2017
Anasister envía esta foto a las 00:37h :

"Me encontré a la mariposa donde menos me esperaba!! Estaba de guardia, y volviendo de un aviso me la veo ahí, esperándome..."

Montse envía la siguiente foto a las 13:15h :

"Un buen montón de pulgones, que también se mencionan en los primeros capítulos. Tomaaa!"

ACTUALIZACIÓN 25/06/2017:

Para facilitar las cosas he añadido en la barra lateral del blog un buscador. Escribiendo palabras en él nos remitirá a la entrada o entradas en la que aparecen. 
Os adelanto - a los que aún no habéis conseguido animal-  que se pueden encontrar los siguientes: 

CIERVO, RATAS, SERPIENTE, CUCARACHAS, CUERVOS, BARBO.
Y, atención, para hacéroslo aún más fácil, daré por bueno cualquier pajarillo, aunque PÁJAROS sea muy genérico.

Un saludo a todos.

ACTUALIZACIÓN 25/06/2017:

Holden me envía esta foto a las 10:50h :
"He encontrado un cuervo. Y unas moscas!"

Y María José me envía la siguiente a las 10:55h:

 "No se ve bien porque sujetar el papel, enfocar y disparar... Pero esta vez creo que te he pillado, diablo maléfico"

Y hubo más fotos...
Patos, abejas, caracoles, arañas, lagartijas, escolopendras, ranas... 
¡¡Esto se llegó a parecer  al Arca de Noé!!


27 may. 2017

22. ¿QUIÉNES SOIS?


En la aldea 

Hay ocasiones en las que escribir este diario es una tarea muy penosa. Hay hechos de los que no quisiera tener que dejar constancia.
Sin embargo, si no escribiera, me parecería que todo tiene menos sentido aún; que lo que estamos viviendo se perdería en el vacío del tiempo y lo habríamos vivido para nada. Así, quizá alguien, algún día, pueda aprender algo de todo esto.

Han pasado cosas terribles en los últimos días, y me pregunto cómo podemos seguir adelante. Supongo que tenemos más capacidad de supervivencia de lo que creemos. Y una capacidad inagotable de esperanza. Quizá ésa es nuestra mejor arma para sobrevivir.

Nerine, la mujer australiana que tantos problemas nos estaba dando, ha resultado ser no sólo problemática, sino el mayor peligro, el más inesperado, el más traicionero. Los muertos no son conscientes de sí mismos ni de lo que hacen; y por eso no se les puede culpar, porque no actúan por decisión propia. Pero que un ser humano mate a otro de manera absurda, por rabia, por venganza, por pura maldad, hace que todo se derrumbe, que perdamos las fuerzas. A pesar de todo lo que ha cambiado en el mundo, el ser humano sigue siendo el peor enemigo del ser humano.  
Nerine ha matado a Fran. 
Esa mujer desquiciada, una persona molesta, inútil, ha acabado con la vida de otra que era un gran apoyo para los demás, una persona fuerte, generosa,  sensata, llena de vida y de valor. Una persona necesaria y querida por todos. 
Así de absurda es a veces la vida, y así de insoportable. 

El momento en que descubrimos lo que había pasado es indescriptible. 
Yo estaba en el dormitorio con Holden cuando oí unos gritos desoladores. Holden seguía inconsciente, así que bajé, muy asustada, para ver qué ocurría. Entonces vi a Roquito, Carlos y Juan Miguel forcejeando con Nerine, que parecía tener la misma fuerza que ellos tres. Y vi a Fran con su vida derramada en el suelo por el cuchillo que los demás intentaban arrebatarle a Nerine.
Y vi a Anasister arrodillada junto al cadáver de su hermano, paralizada, sin reaccionar de ninguna manera. Montse estaba junto a ella, abrazándola y llorando. 
Era una escena irreal, me parecía que yo soñaba, que lo que veía lo estaba imaginando. Por un momento estuve yo también conmocionada, incapaz de reaccionar.  
Por fin, cuando fui consciente de lo que había ocurrido, me sentí absolutamente desvalida. Creo que fue entonces cuando de verdad comprendí lo mucho que necesito -que necesitamos- a Holden. 

Al cabo de un rato los chicos habían encerrado de nuevo a Nerine en la cochera, y habían llevado el cadáver de Fran a la parte de atrás de la casa, al campo. Había que actuar con rapidez para evitar que… se transformara. Y enterrarlo.  
Entre Montse y yo habíamos conseguido que Anasister se levantara del suelo, que se separara de Fran y que dejara que se llevasen su cuerpo. La pobre muchacha estaba loca de desesperación, lloraba sin consuelo posible, repitiendo el nombre de su hermano y maldiciendo a Nerine, jurando que la mataría… incapaz de aceptar lo que había pasado. Temimos verdaderamente por su estabilidad mental y su integridad física, y decidimos que no había que dejarla sola ni un momento. 
Pero todos estábamos agotados, exhaustos, tanto física como mentalmente. Yo había subido de nuevo para acompañar a Holden. No podía dejar de vigilarlo por si despertaba o tenía alguna reacción, algún cambio en su estado. 
Carlos, que estaba ya de antemano débil y agotado, había subido también, por insistencia de todos nosotros,  a descansar un poco, y Montse lo acompañó. 
Roquito, aunque estaba también destrozado por la muerte de Fran, por este nuevo dolor que se suma al de los amigos perdidos anteriormente, no quiso separarse de Anasister, que había caído en un profundo sueño que tenía más de inconsciencia que de descanso. Creo que su mente se había rendido, se había apagado después de soportar tanta tensión. 
Juan Miguel se quedó también en el salón con ellos,  para no dejar solo a Roquito, y por si éste, finalmente, se dormía vencido por el agotamiento. 

Yo necesitaba descansar también, pero sólo conseguía dormitar a intervalos. Era imposible dormir con tanta agitación y tanto dolor acumulado en la casa. 
Sobre la medianoche oí murmullos en el salón, y a continuación a alguien que subía la escalera. Me asomé a la puerta de la habitación y vi a Roquito que, arrastrando los pies, se dirigía a uno de los dormitorios. Sin duda, Juan Miguel lo había convencido para que se acostase e intentara descansar un poco. Tenía que estar rendido, por el cansancio y por la tensión tremenda que llevaba todo el día soportando, desde que partiera, muy temprano, con Fran, en busca del Doxma que creíamos encontrarían en el coche abandonado. 
Aproximadamente una hora después  oí de nuevo ruidos abajo. Era un forcejeo apagado, como si dos personas discutiesen en voz baja. Salí de nuevo a la escalera y oí que Juan Miguel trataba de detener a Anasister. Ella estaba intentando abrir la puerta de la cochera, y comprendí que quería entrar para acabar con Nerine. 
Tardé sólo unos segundos en bajar la escalera, pero ese tiempo fue suficiente para que Nerine, como un diablo liberado de su encierro, empujase la puerta  de la cochera desde dentro y se abalanzara enfurecida sobre Anasister. 
Juan Miguel intentaba separarlas cuando yo llegué hasta ellos. Parece imposible pero lo cierto es que Nerine agarraba a Anasister con tal fuerza que no conseguíamos separarlas. 
Es difícil relatar todo lo que ocurrió a continuación. En su forcejeo demente, Nerine hizo caer al suelo a Juan Miguel, que se golpeó la espalda contra una mesa baja y por unos instantes no pudo moverse. En esos segundos Nerine consiguió arrastrar a Anasister hasta la puerta de la casa, mientras murmuraba: “¡Eres mala, eres mala!”. Yo tiraba de ella intentando liberarla, pero solo conseguía frenarla un poco. Entonces Nerine alcanzó la puerta, la abrió, y dio un fuerte tirón de Anasister que, con ese impulso, llegó al umbral. Yo seguía sujetándola de un brazo, y de no haber sido así, habría caído a la calle… Entonces consiguió agarrarse al quicio de la puerta con el otro brazo mientras Nerine tiraba de ella por la cintura. En ese momento Juan Miguel llegó hasta nosotras y le dio un puñetazo a Nerine. La mujer, con expresión de sorpresa por el golpe, perdió el equilibrio, soltó por fin a Anasister, y fue ella la que calló a la calle. En el mismo instante, Juan Miguel nos empujó a nosotras hacia dentro de la casa y cerró la puerta con todas sus fuerzas. “¡Se acabó la cabrona ésa!”, gritó.
Anasister y yo, llorando, lo abrazamos.

La pelea, sorprendentemente, había transcurrido casi en silencio. Pero  el portazo y la exclamación de Juan Miguel sí consiguieron despertar a Roquito, Carlos y Montse,  que llegaron al salón a toda prisa. 
Les explicamos lo que había ocurrido, y a la indignación que provocó todo el suceso le siguió un profundo alivio. 

Quizá sea extraño, pero lo cierto es que Montse y yo no pudimos evitar un pensamiento de compasión por Nerine. Aunque nos resultase indeseable, se nos hacía muy difícil admitir que la habíamos dejado en la calle, a merced de los muertos. Pero Juan Miguel nos hizo comprender que todo eso lo había provocado ella misma, que si había caído a la calle era porque había intentado echar a Anasister. Y que la única manera de salvar a nuestra amiga había sido deshacerse de Nerine. 

Fue una noche intensísima, no es necesario decirlo, pero además, a todo esto que he relatado hay que añadir aún otro hecho sorprendente, emocionante, y que nos afianzó definitivamente en la idea de que Nerine no merecía nuestra compasión. 

Ya iba a ser imposible dormir esa noche, así que Juan Miguel y Carlos decidieron que era conveniente limpiar el garaje. Se referían, claro, a limpiar la sangre del suelo, el siniestro recordatorio de la muerte de Fran. Montse y Roquito se quedaron acompañando a  Anasister, que lloraba y temblaba, no sé si de fiebre, de rabia, de miedo, o de todo junto. 
Yo subí de nuevo para quedarme con Holden. 
Por desgracia, con él todo seguía igual. Inconsciente, con la respiración muy débil, inmóvil. 

Al poco rato los demás entraron en la habitación y me sorprendieron, porque su actitud era la de quien trae muy buenas noticias. 
Entonces me pusieron en la mano un pequeño frasco de plástico. Estaba sucio pero intacto, y en la etiqueta se leía claramente la palabra Doxma
Levanté la vista y los miré, preguntándoles sin necesidad de pronunciar una palabra. Juan Miguel y Carlos explicaron que lo habían encontrado en el suelo del garaje, casi escondido detrás de un saco, junto con la Biblia de Nerine. 
Comprendimos que esa loca, que no dejaba de sorprendernos aun sin estar presente, había tenido siempre consigo el remedio por el que mis amigos se habían arriesgado tanto; que Fran debía de haber descubierto que lo tenía y que por eso ella lo había matado; y que ella, egoísta, inhumana, no había dicho que disponía de lo que Holden tanto necesitaba. 
Holden, que le salvó la vida cuando apareció en la aldea. 

Pero no era momento de detenerse a maldecir a esa mujer una vez más. Había que darle a Holden el jarabe de inmediato, si es que no era ya demasiado tarde. 
Anasister me advirtió que Holden no podía tragar, inconsciente como estaba, y que si no teníamos mucho cuidado podríamos provocar que se ahogara. Pero no quedaba más opción que correr ese riesgo. Era la única posibilidad de salvarlo. 
Así que, siguiendo sus indicaciones, con miedo y todas las precauciones posibles,  conseguimos introducirle el jarabe por la  garganta.

Esperamos un tiempo, quizá media hora, pero no hubo ninguna reacción por parte de Holden. Yo me quedé junto a él, y los demás fueron a descansar, aunque Anasister y Montse se relevaron para acompañarme.

Al cabo de una hora, cuando ya amanecía, hubo un cambio notable. Su respiración comenzó a ser más acentuada y profunda. 
En ese momento Anasister estaba conmigo, y de inmediato lo examinó. No tenía fiebre y la presión arterial era normal. No tenía taquicardia ni ningún otro síntoma que pudiésemos detectar, teniendo en cuenta que no disponemos de más medios que un botiquín casero y los conocimientos de enfermería de Anasister.

Han pasado dos horas desde que le dimos el jarabe. 
En estos momentos escribo junto a él. Me siento esperanzada, convencida  de que va a despertar de un momento a otro.

****************************

El furgón avanza entre soleadas llanuras. 
En la distancia, las colinas se suceden en suave declive sobre interminables extensiones.  
Grupos de  encinas destacan de vez en cuando como manchas en un pálido lienzo.
La luz de la mañana es intensa, pero María José nota a través de los párpados cómo las nubes ocultan el sol a intervalos, sombreando  aquella tierra vacía.
Ha cerrado los ojos esperando encontrar una señal, pero el intento de  aislarse no le ha dado ningún resultado.  
Nacho la mira un instante cuando ella se masajea las sienes
Decide entonces detener el furgón y apaga el motor, buscando el silencio.

- ¿Nada? - le pregunta.
María José niega con la cabeza. Del asiento trasero les llega el gemido de Solito,  ese afónico suspiro que emite cada vez que se detienen.

- Mejor te dejamos un momento a solas – dice Nacho mientras desciende y abre la puerta trasera.
- No hace falta,  no necesito...
- Lo sé - dice Nacho –  Pero inténtalo otra vez. Volvemos enseguida.

Ella mira cómo Solito se encamina con alegres brincos hacia una arboleda cercana. Nacho lo sigue despacio, inspeccionando atentamente el lugar. 

María José vuelve a cerrar los ojos e intenta concentrarse. 
Inspira hondo y prolonga la espiración. 

Piensa en Nerine.
“Vamos”, susurra, “Dime dónde te encuentras” 
Escucha los despreocupados ladridos del perro en la distancia y por un instante  imagina a sus hijas  jugando con él. 
Los pensamientos se columpian entre el pasado y el presente. 
“Qué fácil era la vida entonces...” 

Recuerda el extraño sueño que tuvo de madrugada. 
Con el paso de las horas se ha ido diluyendo, pero había algo inquietante en él, y decide retomarlo mentalmente.

Estaba dormida, con el cuerpo completamente relajado, cuando de repente sintió una presión en los hombros, como si  la zarandearan por un motivo urgente.  Se despertó con la sensación de que alguien la necesitaba. 
Decidía levantarse y salir de la habitación. 
¿Era aquella su casa? 
No estaba segura de si se encontraba en algún momento anterior o posterior a la tragedia, pero no sentía  pena ni preocupación alguna, solo la curiosidad por saber quién la llamaba.
En la penumbra del salón destacaba la rectangular claridad de una ventana. Allí había alguien, en el exterior, sentado en el estrecho quicio, como si fuera el lugar más cómodo del mundo.
Era un bulto oscuro con ojos redondos y muy  brillantes y que al verla la saludó.
Ella se quedaba quieta, mirando, y aunque la presencia era perturbadora, no le infundía ningún temor. Muy al contrario, aquel ser aparentaba estar perdido y asustado y hasta parecía haberse emocionado al verla.

“¿Qué ha pasado?”, podía leer en sus vivos ojos, “¿Por qué ha cambiado todo tanto?”
“¿No lo sabes?”, contestaba ella sin necesidad de abrir la boca, “El mundo ya no es el mismo. Ha muerto mucha gente”
“Sí, hay mucho silencio. Pero tú estás viva. Para nosotros es muy importante que aún quede gente viva” “¿Para nosotros?”
“Para mi familia”
“¿Quién es tu familia?”
“Dime, esos extraños animales que caminan por todas partes... ¿Qué hacen aquí?  No los queremos” 
“Nadie los quiere”
“No soportamos su olor. Nos hace daño. ¿Por qué no los obligáis a marcharse? Vosotros sois fuertes” 
“No es tan fácil. Son muchos y son peligrosos”
“Mi familia ha esperado a que hicierais algo”
“¿Qué quieres decir? ¿Quién es tu familia?”
“Nunca ha habido ningún problema entre mi familia y la tuya. No queremos quedarnos solos.”
“¿Quién eres?”
“Soy el que estás viendo. Volverás a saber de mí”
Antes de abandonar la ventana, aquel ser daba unos golpes en el cristal.  Tres toques suaves, luego dos más.  Después desaparecía.

María José abre los ojos al escuchar ladrar a un perro y entonces se da cuenta de que se había dormido y que otra vez soñaba.

Desorientada, se incorpora asustada y ve a Nacho que vuelve deprisa hacia el furgón. Solito le sigue sin dejar de olisquear el terreno.

- ¡Mira por allí! – le dice Nacho al llegar al vehículo- Se acerca otra bandada de cuervos. ¿Sigues pensando que hay que seguirlos?
- Sí, - responde algo confusa todavía – sí,  tenemos que…
- Vas a tener razón, ¿sabes? - dice mientras arranca el motor -  Acabo de ver algo que me ha dejado de piedra. ¿No lo has oído?
Solito salta al asiento trasero.
- ¿El qué?
- Había un cuervo encima del furgón.
- ¿Cuándo?
- Ahora mismo, hace un par de minutos. Y ha estado picoteando el techo, ¿no lo has oído?
Nacho gira el volante para volver a entrar en la carretera y entonces acelera.
- Me había dormido – dice María José con la mirada fija en el horizonte.
- Pues yo diría que ese pajarraco quería despertarte.

Los oyen graznar mucho antes de verlos aparecer sobre sus cabezas. Les sobrevuelan como una caótica mancha moviéndose en el cielo, cambiando constantemente su forma y densidad.  

- ¡Es impresionante! – exclama Nacho.
- Jamás había visto algo así
- Pero hay algo en todo esto que me preocupa…  ¿No te dan mala espina?
- No, - responde María José pensando en el sueño – tengo la intuición de que solo quieren estar con nosotros. 

****************************

A poco más de un kilómetro de la aldea, la concentración de cuervos es tan numerosa que el paisaje se ha convertido en un escenario fabuloso. Aquella visión resultaría irreal para cualquier ser humano que la contemplara. 
En el cielo las aves se suceden, ascendiendo y descendiendo, como si se turnaran para mantener las mismas proporciones en el aire y posadas en tierra. 
Los graznidos son constantes, un fragor que llega hasta la cuenca del río, donde se intensifica en una reverberación prodigiosa.

Sobre el cielo forman un círculo compacto que se mueve en una siniestra espiral, y gran parte de aquellos cuervos sobrevuelan el caserío, sobre el que descienden hasta las casas, posándose en los tejados y sobre el corral vacío, o adentrándose durante unos segundos en la frondosa higuera.  

Durante largo rato, Montse y Carlos los han estado observando a través de la ventana, con  una mezcla de fascinación y desasosiego, sorprendidos por algunas de sus acciones. 
De vez en cuando, alguna de aquellas aves llega hasta el quicio de la ventana y se queda mirando su propio reflejo, pero acto seguido se afana  en localizar a la gente que hay en el interior de la casa, como si necesitara cerciorarse de que siguen allí. Solo entonces alzan el vuelo y se marchan.

A la hora de comer, Montse intenta reunir a todos alrededor de la mesa de la cocina, pero no lo consigue.
Ángeles prefiere comer algo en su habitación, para no dejar de observar  a Holden, que sigue sin reaccionar al medicamento. 
Anasister, acostada en su cama,  le ha prometido que bajará más tarde, pero Montse se queda afligida al observar su decaimiento.
Roquito está echado en uno de los sofás, con la mirada fija en el techo y ni siquiera responde cuando Montse lo llama.

Regresa a la cocina con aspecto abatido pero se anima al observar  la euforia de Carlos al explicar a Juan Miguel lo que ha observado a través de la ventana. 
“Bueno - piensa Montse- al menos ya no es el cadáver andante que parecía estos días”

-  No sé en qué acabaría la cosa, Juan Miguel- sigue diciendo Carlos – Los árboles no me han dejado ver lo que ocurría después, pero los cuervos le han estado atacando durante un buen rato. ¿Verdad, Montse? - dice al verla entrar.
- Sí, - responde ella - lo vimos perfectamente. Eran tres o cuatro cuervos lanzándose sobre el muerto, picándole con fuerza en la cabeza.
-  Nunca lo hubiera dicho – dice Juan Miguel – Y no podían haber llegado en mejor momento. Los teníamos por todas partes.

- No queda un puto zombi ahí afuera – dice Roquito entrando de repente en la cocina – Voy a salir.
- ¿Qué?  - exclama Juan Miguel- ¿Cómo que vas a salir?
- Sí, me voy.
- Pero a dónde vas – quiere saber Carlos, que se ha puesto en pie - ¿Te acompaño?
- No, dejadme solo.
- ¿No vas a comer algo primero? - pregunta Montse.

En el salón, Juan Miguel logra ponerse delante de Roquito.

-¡Espera! Dime primero a dónde quieres ir.
- ¡No lo sé! - le grita Roquito – ¡No aguanto más  aquí encerrado! ¡Necesito irme! ¡Quiero…! - y le aparta con el brazo – ¡Déjame salir!
- ¿Pero qué te pasa ahora? - exclama Juan Miguel poniendo una mano sobre la puerta.
- ¡¡Necesito encontrar a esa hija de puta y reventarle todos los huesos!! - grita Roquito fuera de sí.
- Escucha, tío, tranquilízate. Esa mujer ya debe de estar muerta. ¡Seguro! La habrán atacado los infectados... O los cuervos… Carlos dice...
- Aparta, Juan Miguel,  me va a dar algo si sigo aquí adentro.
- ¡Pero podrían atacarte los cuervos! – le dice Carlos cuando Roquito abre la puerta y sale.
- ¡Que lo intenten! – le contesta apretando la barra en la mano sin mirar hacia atrás.

****************************             

 Cuando el furgón alcanza el cambio de rasante, el panorama impacta de tal forma  a Nacho que deja de presionar el acelerador y el vehículo  reduce  su velocidad hasta casi detenerse.

- Hemos llegado – murmura María José ante aquel cielo repleto de aves.
- ¿Pero qué demonios  les ha traído hasta aquí? - exclama Nacho -¿Por qué este lugar precisamente?
Solito, que ya mostraba síntomas de inquietud minutos antes, comienza a ladrar.
- ¿Estás segura de que son inofensivos?
- No puedo estar completamente segura, pero creo que he estado soñando con ellos.

Nacho reanuda la marcha a poca velocidad.

Sobrepasan una gasolinera a la izquierda. Poco después distinguen a la derecha un polvoriento vehículo parado en la entrada de un camino, con la puerta del maletero abierta.

- ¡Un Ford Mustang! - exclama Nacho – Es el último lugar del mundo donde hubiera pensado encontrar uno.

Solito sigue alterado, ladrando a todo lo que ve a través de la ventanilla. 
Continúan por la carretera y dejan atrás  el coche abandonado.  El chillido de las aves en el cielo es continuo, graznidos y más graznidos superpuestos sin dejar hueco al silencio. 

- Espera, Nacho – dice María José – Da la vuelta.
-  ¿Has visto algo?
- No sé… Creo que ese camino…
- ¿El del coche?
- Sí, da la vuelta y baja por él.

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Roquito camina deprisa, con el cuerpo en tensión. Resopla y el pulso le late en las sienes. Ha bordeado la casa con la intención de dirigirse hacia el bancal en el que  la multitud de caminantes se hundió en el barro. Siente una fuerte sacudida interior cuando pasa junto al lugar en el que han enterrado a Fran.
El grito de los cuervos  es en aquel punto ensordecedor, por eso no escucha el sonido de un claxon sonando en la aldea.

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El furgón atraviesa la única calle hasta llegar a la última casa y allí se detiene. No han visto un alma en todo el trayecto, tan solo cuervos que los miraban un instante para levantar el vuelo de inmediato.

- ¿Crees que puede haber alguien aquí? - pregunta Nacho – Esto parece desierto.
- Vuelve a pitar – dice María José.

Todos en la casa escuchan el claxon.
Holden abre los ojos.

21 abr. 2017

21. CADA MINUTO CUENTA



La madrugada transcurre silenciosa.
Una luna redonda emerge como un potente faro tras el cañaveral, proyectando largas sombras en la vega que humedece el río.  En las casas de la aldea, la luz se refleja en los cristales, y en los tejados brilla el relente caído del cielo.

Echado en uno de los sofás del salón, Roquito descansa, pero su mente está fuera de la casa.
Ha convencido a Fran para que se encaramen al tejado desde una ventana y desde allí llegar  hasta el coche saltando de casa en casa.

“Esto es muy arriesgado -  le advierte Fran – Las casas son viejas y en cualquier momento se nos puede hundir un tejado y matarnos”
“No, simplemente hay que caer con cuidado. Mira cómo lo hago yo”.

Empieza a correr por la linea superior del tejado. Se siente muy ligero y lo achaca  a lo poco que come ultimamente. Cuando no hay más espacio para sus zancadas, da un brinco tan potente  que su cuerpo vuela hasta la mitad de la  casa más próxima, donde aterriza con la delicadeza de un ave.

“¡Vamos, Fran! – le grita – ¡Haz como yo!”

Fran se queda muy quieto y niega con la cabeza.
Regresa entonces junto a él en un nuevo salto, comprobando que ni siquiera necesita correr para evitar el vacío.

“¡No te imaginas lo fácil que es! – exclama eufórico- ¡Solo hay que impulsarse y ya está!”
“No, Roquito – le oye decir con voz abatida, casi irreconocible- Vas a tener que ir tú solo”.
“¡Pero qué dices! ¡Anda, ven!”

Sujeta a Fran de una muñeca y empieza a correr. Se alegra al comprobar que también él es  muy ligero.
Pero en el mismo instante del impulso, Fran se vuelve muy pesado. No hay tiempo para echarse atrás, así que  flexiona las piernas para intensificar el salto.

Pero apenas consigue elevarse. Siente que el vacío lo atrae y la seguridad de que va a caer acuchilla todo su cuerpo. No puede sujetar a Fran, y lo ve desaparecer entre la niebla de un profundo abismo.
Quiere llamarlo, pero no consigue gritar y siente alivio al ver que él no ha caído y que es capaz de elevarse por encima del caserío como una pluma en el viento.

La niebla empieza a diluirse y ve a Fran caminando entre casas derruidas y columnas de humo. Desciende junto a él liviano, casi etéreo.

“Qué susto me has dado - le dice – Pensaba que estarías muerto”

Fran no dice nada,  y entonces puede ver que está cubierto de polvo y telarañas y que hay  huesos sobresaliéndole por todo el cuerpo, como mástiles rotos que han atravesado su ropa.

“Ten cuidado, Roquito – le oye decir- Estoy lleno de serpientes”

De un agujero de la cabeza asoman los ojos de una serpiente que le mira fijamente.

“Apártate,  - le dice Fran- es venenosa” 

El viscoso reptil le  salta a la cara emitiendo un fuerte siseo.
Angustiado, Roquito  se despierta.

Respira hondo cuando ve a Fran colocando un tronco sobre las brasas de la chimenea.

- ¿Ya es de día? - le pregunta, pasándose una mano por la frente.
- No, qué va. No podía dormir más.
-  ¿Sabes? - dice apretándose los ojos con los dedos - Estaba soñando.  Habíamos subido al tejado y...
-  Escucha, Roquito – dice Fran acercándose - ¿Y si salimos ya hacia el coche?
- ¿Ahora?
- Si, cuanto antes mejor. Creo que cada minuto cuenta y si esperamos a que amanezca... podría ser demasiado tarde.
- Pero cómo vamos a...
- Me he asomado a la ventana. Se han dispersado. Hay luna llena y todo se ve con claridad. Si nos movemos rápido, pegados a las paredes de las casas, creo que no tardaremos ni una hora en ir y volver.
- Pero tendremos que avisarles de que nos vamos.
- No hace falta. Vamos a estar de vuelta antes de que despierten.
- Pero...
- ¡Hay que hacerlo ya! La última oportunidad que tiene Holden para salir de esta es que traigamos esa medicina ahora mismo. Y la tenemos ahí, a un par de kilómetros como mucho.  Vamos a hacerlo por él. Y por Ángeles.
- Está bien – dice Roquito poniéndose en pie – ¡Vamos!

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Tumbada en la cama, Ángeles observa cómo las nubes cubren y descubren la luna, sin conseguir ocultarla  detrás de sus velos rotos.
Con una mano de Holden entre las suyas, se concentra como si intentara transmitirle la energía que él parece estar perdiendo, y anhela el momento en que él vuelva a mirarla, en que vuelva a ser consciente de que ella sigue a su lado.

A veces el miedo se acerca, desafiante, y ella lo expulsa de inmediato, luchando por aliviar los arañazos que va dejando en su ánimo.
Otras veces le basta con escuchar el murmullo de otras voces en la casa para sentirse acompañada y segura, y convencerse de que todo va a salir bien.

Ángeles imagina el brillo de la luna en el reverberar del río, el mismo río que tanto ama Holden. En su evocación le parece que el  rumor de sus aguas consigue llegar hasta allí y cierra los ojos intentando proyectar sus pensamientos sobre él.
“¿Oyes el río? - le susurra – El río nos espera, Holden...”
 
Cuando vuelve a abrir los ojos, la luna ya no se ve en el marco de la ventana.
Por un instante piensa que  las nubes no han conseguido atraparla y la han dejado marchar, y de nuevo la inquietud le oprime el pecho.

Sin más referente visual en movimiento, el tiempo parece detenerse por completo. Es como si de repente el mundo se hubiera cansado de seguir rotando y nunca más fuera a amanecer.
Pero  la creciente claridad demuestra que las horas pasan, y Ángeles se impacienta por que llegue el momento en que Fran y Roquito salgan y traigan por fin la medicina.

Ángeles no consigue dormir, pero no es la única insomne en la casa.
Con la mirada perdida en la penumbra del garaje, Nerine reza entre susurros.

Está sentada en el suelo, recostada contra unos sacos de fertilizante. Lleva mucho tiempo manoseando el colgante que le rodea el cuello, colocando su pequeño crucifjio de oro sobre los labios y volviendo a ocultarlo bajo su blusa. A veces pronuncia oraciones en voz alta, y las gallinas, en su duermevela,  responden con breves y amortiguados cacareos de sorpresa.

Cuando Nerine piensa en el tiempo que lleva allí encerrada, su respiración se agita y el cuerpo se le tensa hasta dolerle.
Imagina a Thomas buscándola por todas partes, acudiendo una y mil veces a su refugio, preguntándose qué ha ocurrido con su mujer.  Piensa que tal vez, dado el tiempo que ha pasado,  desistió ya de aguardarla en la gasolinera y se esté alejando demasiado.

“Malditos – susurra - ¡¡Malditos!!”

Las manos buscan sus preciadas posesiones: el cuchillo y el frasco de medicamento. Los ha dejado en el suelo, a su lado, y al tocarlos vuelve a ser consciente de la situación. Y piensa que en adelante, todo puede depender de ella.
Se pone de pie y camina hacia la puerta. Golpea con fuerza la chapa de hierro. Continúa golpeando durante unos segundos sin pronunciar palabra. 
Después se queda en silencio. Sabe que nadie atenderá a su llamada hasta que se haga de día, por lo que se resigna a volver junto a los sacos y esperar. 
Busca el crucifijo bajo su blusa, se sienta, y vuelve a sus oraciones

“¿Hasta cuándo vas a estar ahí echada?” - oye en su cabeza. Es la voz de Thomas, sonando tan cerca como si estuviera allí mismo - ¿Te has rendido?”
- ¡No, claro que no me he rendido, darling! - responde Nerine, escrutando la penumbra con la mirada.
“¡Pues deja ya de rezar y sal de aquí de una vez!” - le oye decir.
-  ¡No puedo, Thomas! ¿Es que no ves que me tienen encerrada?
“No entiendo cómo  has permitido llegar a esto. Ya te advertí que la gente era peligrosa. Estos no iban a ser menos. ¿Por qué te has acercado a ellos?”
- ¿Dónde estás, Thomas? ¡No te veo!
“Estoy aquí”
- No, - dice Nerine cerrando los ojos- Tú no puedes estar aquí.
“Te dije que no te abandonaría”
- Pero necesito verte. Estoy... estoy tan cansada, darling. Déjame verte para que pueda dormir un poco... Solo un poco... No puedo más...

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Primero piensa que es el viento que hace vibrar el cristal de la ventana, pero  el temblor se convierte en un  golpe seco, seguido de otros muchos. Es entonces cuando Carlos abre los ojos.

- ¿Montse? - pregunta, sin obtener respuesta.

El sonido continúa ahí, intermitente, como si alguien tocara con los nudillos y aguardara a que acudieran a abrirle.
Intrigado, Carlos despierta por completo y se levanta de la cama.

Al otro lado del cristal hay un cuervo picoteando el marco de la ventana. Cuando el ave  observa que alguien se mueve, comienza a graznar y a golpear el cristal con fuerza.
A Carlos le parece una imagen tan irreal que por un instante piensa que está soñando.
Montse entra en la habitación.
- ¿Qué pasa? - dice con voz encogida.
- Tenemos un cuervo en la ventana. Y parece furioso.

El ave se queda quieta un instante, mirando a ambos con curiosidad. De repente emite un sonoro graznido, da un salto y echa a volar.

Carlos se acerca a la ventana y se queda boquiabierto.

- Ven a ver esto, Montse.
- ¡Por todos los santos! - exclama ella al mirar al exterior.

En la distancia, cientos, miles de cuervos vuelan en grandes círculos sobre los campos. Infinidad de puntos negros se mueven por un cielo bicolor. Es el momento en que el amanecer  abre una brecha dorada en el horizonte, y en ese continuo ir y venir de las aves, se diría que surgieran desde el mismo resplandor del sol.
Montse y Carlos las observan sin pronunciar palabra.
Están por todas partes, en los árboles, en los cables, los muros y las cercas

- ¡Dios mío, si ocupan todo el cielo!  ¿Pero de dónde ha salido tanto cuervo?
Carlos se queda pensativo.
- Creo que están sobrevolando la zona en la que quedaron atrapados tantos infectados.
- ¡Es verdad! - dice ella – Por allí está el bancal donde se hundieron en el barro.
- Eso ha debido de atraerlos. Tal vez estén hambrientos.
- ¿Quieres decir que  han venido a  comerse a...?
- ¿Por qué no? Los cuervos se atreven con todo.

Desde la planta inferior les llega un ruido.

- ¿Qué hora es? - dice Carlos sin dejar de mirar al exterior- ¿Hay alguien más despierto?
-  No lo sé. Voy a ver.

Montse encuentra a Juan Miguel junto a la chimenea.

-  ¡Juan Miguel! - dice a media voz - ¿Quieres ver algo increíble? ¡Sube!

Montse observa la cara de asombro de Juan Miguel cuando éste se acerca a la ventana. Los tres quedan como estatuas mirando al exterior.

Un cuervo planea por delante de la ventana. A los tres les impresiona verlo tan de cerca. Sus alas extendidas le confieren unas dimensiones asombrosas y cuando de repente se posa en el poyo de la ventana y golpea el cristal con el pico, no pueden evitar un respingo.
Pronto es un segundo cuervo el que hace lo mismo, y los impactos de ambos picos sobre el cristal hacen reaccionar a Juan Miguel, que los espanta con enérgicos aspavientos.
Los cuervos se alejan sin dejar de graznar.

- ¿Por qué han hecho eso?- pregunta Montse -  No querrán atacarnos, ¿no?
-  No lo sé – responde Juan Miguel – Pero hay que contarles esto a los demás.


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Nacho despierta a María José
- Es hora de partir- le dice- Ya lo tengo todo preparado.
- ¿Por qué no me has despertado? Quería ayudarte.

María José se viste mirando por la ventana. Los primeros rayos del sol hacen brillar el rocío de la madrugada.
Ve a Nacho secando a Solito con una toalla. Intuye que el perro  ha estado correteando  entre la hierba  mientras  Nacho cargaba el furgón de víveres  y ahora se agita deseoso de introducirse en el vehículo.

Antes de salir de la cabaña, María José  se vuelve para mirar el lugar en el que han vivido durante un tiempo, y suspira.
Sale al exterior y camina sobre la hierba. El prado que rodea la cabaña muestra un manto de diminutas perlas, y le parecen millones de ojos haciendo guiños.

Solito ladra al verla y corre a su lado. María José piensa en lo afortunado que es el animal, que se contenta con seguirles allá donde vayan, sin arrastrar el pesado lastre de los recuerdos.

Una vez arrancado el motor y cuando el coche empieza a moverse, María José observa que Nacho no mira hacia la cabaña, y vuelve a sentir un leve remordimiento.

- Lo siento, Nacho
- ¿Que lo sientes? ¿El qué?
- Sé que estabas a gusto aquí.
- Ah, bueno, no te preocupes por eso. Encontraremos otro lugar. Tan bueno o mejor que este.
- Habías conseguido que fuera un sitio muy agradable.
- Lo habíamos conseguido los dos. 
María José se queda en silencio.
- Gracias - dice finalmente.
- Te lo digo de verdad – dice Nacho al notarla afligida – En otras circunstancias me hubiera costado marcharme, pero entiendo tu forma de ver las cosas. Sí, creo que esto es lo que conviene hacer en estos momentos.
Solito jadea tumbado en el asiento trasero. En ocasiones  se incorpora para asomarse por la ventanilla y emite un ahogado gruñido cuando intuye algo anormal, como la presencia de esos seres hostiles que caminan  sin rumbo.

Termina el camino y llegan a una bifurcación con una carretera. Nacho detiene el vehículo.

- Bueno, ¿qué hacemos?
- Solo estoy segura de que hay que ir hacia el sur.

Nacho gira hacia la izquierda y acelera el vehículo por la carretera.
María José mordisquea unas galletas y con la imaginación camina sobre el suave perfil de las colinas que se deslizan a su lado. Después contempla el verdor de unas choperas, y cuando el resplandor del sol parpadea entre sus troncos, entrecierra los ojos.

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- ¡Fran no está! - exclama Juan Miguel- ¡Y Roquito tampoco!
- ¡Cómo! - dice Carlos - ¿Han salido?

De repente una sucesión de  golpes los sobresalta.

- ¡Por Dios! - grita Montse con una mano en el pecho – Hay que hacer algo con esa mujer. No podemos tenerla ahí encerrada más tiempo.

Juan Miguel levanta las manos y se queda mirando a sus compañeros, esperando una explicación.
- ¿Alguien entiende algo? ¿Se han ido sin decir nada a nadie?
-  ¡ABRIDME DE UNA VEZ! - grita la australiana  golpeando  la puerta del garaje.
En el piso superior se cierra una puerta.
- ¡Ay, Ángeles! - dice Montse al verla descender las escaleras-  Ya sabía yo que te despertaría  tanto  escándalo.
- ¿Fran no está? - pregunta con gesto de preocupación –  ¿Cuándo han salido?
-  Ni idea -  responde Juan Miguel, molesto- ¿No acordamos no actuar sin consultar al grupo?
-  Bueno, - dice Montse juntando las manos bajo la barbilla- está claro que no han querido perder tiempo. Seguro que pronto están de vuelta con el medicamento.

Ángeles aparta los visillos de la ventana. Ya hay suficiente claridad y no ve a ningún infectado caminando por delante de la casa.
Intenta poner en orden todos los pensamientos que se le agolpan en la cabeza. Tiene ganas de llorar, pero también siente alivio, el alivio de la esperanza que va creciendo a cada paso.

- Yo haré guardia para verlos llegar – se ofrece Carlos- Y avisaré para que les abramos la puerta.

- ¡SÉ QUE ESTÁIS AHI! - vuelve a gritar Nerine entre golpes - ¡¡OS OIGO CUCHICHEAR!! ¡¡MALNACIDOS, HIJOS DEL DEMONIO!!

Anasister sale de su habitación con aire desorientado. Ha oído que Fran y Roquito han salido y el miedo ha entumecido sus piernas. Juan Miguel la ve temblorosa y se acerca a ella. 

- Tranquila, volverán en seguida.

- ¡ABRID! ¡DEJADME SALIR, MALDITA SEA!
Montse mira a Ángeles.
- Yo no puedo soportarlo más, - le dice-  hay que dejar salir a esa pobre mujer.
- ¡No! – responde Anasister - ¡Ni se os ocurra abrirle!
-  Ponte en su lugar por un momento – dice Montse- Toda la noche encerrada... ¿Tenía una manta siquiera?  Debe de tener hambre.
-  ¡Que no!  - repite Anasister
- Vamos a darle agua al menos.
- Para eso hay que abrirle. Esa mujer es impredecible. ¡No me fio ni un pelo de ella! Esperemos a que vuelvan Roquito y Fran y decidiremos qué hacer con ella entonces.

Ángeles observa que el manojo de llaves de la puerta de entrada no está en la cerradura.

- De todas formas  tenemos que esperar – les dice-  Fran y Roquito se han llevado las llaves.

- ¡Los cuervos!  – dice Carlos sin dejar de mirar por la ventana – Empiezan a verse por aquí también.
- ¿Qué cuervos? - pregunta Ángeles.
- Ay, sí – dice Montse mirando a Ángeles y Anasister – Hemos estado viendo un montón a lo lejos. ¡Muchísimos!
Nerine vuelve a golpear  con insistencia.
Juan Miguel se acerca a la puerta que da acceso al garaje.
- ¡Espere solo un poco más! - dice alzando la voz - ¡Le abriremos pronto!
- ¡MI MARIDO PUEDE MORIR POR VUESTRA CULPA! ¡SOIS GENTE CRUEL! ¡SOIS...!
Anasister hace un gesto a Juan Miguel para que no siga hablando con ella.


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María José nota que el coche se ha detenido y abre los ojos.
Están en mitad de una recta carretera que se pierde en el horizonte. Nacho está añadiendo  combustible al vehículo, vertiéndolo de un pequeño bidón con un embudo.
- ¿Cuánto tiempo llevo durmiendo?
- Un rato, como veinte minutos.
-  ¿Y el perro? - pregunta al ver el asiento trasero vacío.
- Por allá va. Se ha vuelto  loco espantando a unos cuervos que había en la cuneta.

En un repentino destello, a María José le llegan las imágenes de lo que ha estado viendo mientras dormía.  Una bandada de  cuervos cubria por completo el cielo y ella oía sus graznidos en la distancia. Solo algunos de ellos se acercaban a observarla de cerca, planeando  circularmente sobre su cabeza.
Las oscuras aves se desplazaban en una dirección y ella, aunque las temía, era consciente de que debía seguirlas.

- ¿Cuervos? - le pregunta - ¿Muchos?
-  Una media docena. Aunque hace un rato sí he visto pasar un buen número.

Nacho termina de repostar y guarda el bidón en la parte trasera. Después silba con fuerza y se mete en el coche. Ambos ven llegar a Solito, que corre hacia el vehículo con la lengua colgando.

- Tenemos que seguirlos – dice María José
- ¿A los cuervos?
-  Sí. No sé decirte por qué, pero así lo siento.

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- ¡Ya los veo! - exclama Carlos- ¡¡Vienen hacia aquí!!
El grito de Carlos  contagia al grupo de una repentina emoción y todos se mueven con nerviosismo. 
Juan Miguel se apresura hacia la puerta.
- ¡Dime cuándo puedo abrir!
Anasister se abalanza hacia la ventana.
- ¿Los ves bien?  ¿Te parece que puedan estar heridos?
Montse se pasa las manos por la cara apartando las lágrimas y mira a Ángeles, asistiendo con la cabeza.
Ángeles se pone en pie y se queda muy quieta, sin atreverse a respirar siquiera.
- ¡Ahora se han puesto a correr! – les dice Carlos – ¡Juan Miguel, abre la puerta en cinco segundos! Cuatro... tres... dos... ¡abre!

El salón se colma de luz durante un instante, el tiempo en que Fran y Roquito entran en la casa y Juan Miguel vuelve a cerrar la puerta.

- No veo nada – dice Roquito entre soplidos – Está oscuro aquí.

Fran siente el abrazo de su hermana. Montse se pone a aplaudir.
Ángeles les mira las manos. Roquito acaba de dejar su barra de acero en un rincón y Fran ha soltado en el suelo un hacha en la que no se aprecia sangre reciente.
Todos quedan a la expectativa, sin atreverse  a preguntar siquiera, deseando que uno de los dos se meta la mano en un bolsillo y extraiga el frasco de Doxma.
Fran mira a Ángeles y ella solo encuentra tristeza en sus ojos. Roquito también la mira. Quiere decirle algo pero aprieta los dientes y baja la vista al suelo.
- No os preocupeis – les dice Ángeles – Ya encontraremos otro remedio.
Se dirige después a las escaleras y antes de subir  a su habitación les da las gracias a todos. Anasister la acompaña.
- ¡Pero cómo es posible! - exclama Carlos – ¡Os aseguro que yo lo dejé allí!
- Hemos visto muchos cuervos – dice Roquito – Y había algunos muy cerca del coche. Para mí que uno de esos bichos se ha llevado el frasco.

 En esos momentos estallan de nuevo los golpes de Nerine sobre la puerta del garaje.

- Fran, hay que sacarla ya– protesta Montse- No ha parado de golpear la puerta y de gritar. Me tiene los nervios de punta.
- Está histérica – dice Juan Miguel
- Bien, - dice Fran - voy a entrar.
- Te acompaño – se apresura a decir Roquito
-  No, quedaos aquí, si os ve se pondrá peor. Sé cómo tranquilizarla.
- Espera – dice Montse – Hay que darle algo de comer.

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Nacho ha detenido el furgón a la sombra de una encina en mitad de un páramo.

- Los nervios me han dado hambre – dice – Vamos a comer algo.

 Desde aquel lugar pueden divisar cualquier movimiento a gran distancia desde los cuatro puntos cardinales. Nacho ha sacado una pequeña mesa plegable y sobre ella coloca unas latas y un tarro de fruta en conserva. No deja de pensar en la siniestra imagen de la ciudad vacía que han sobrepasado  desde la carretera paralela, y en los cuerpos desgarbados que encontraron después, caminando en fila india por el arcén. Un par de aquellos caminantes se cruzaron al verles pasar y Nacho no tuvo más remedio que arrollarlos.

- ¿Abrimos esta de sardinas en aceite?
-  Sí– responde María José – Por mí bien.
Nacho levanta la anilla y ésta se hunde en el metal. María José ve cómo emerge el aceite, que tiene un color rojizo que se va tornando más vivo. El líquido cubre toda la superficie de la lata y rebosa sobre los dedos de Nacho, que se tornan rojos de inmediato. El aceite es ahora sangre y cae a chorros al suelo. María José mira con horror cómo el intenso rojo se extiende sobre la tierra.  Mira entonces a Nacho y descubre la cara de Nerine, que la mira con ojos de absoluta locura.

- ¿Va todo bien? - dice él
María José tarda unos segundos en reaccionar.  Entonces Nacho comprende.
- Has visto algo, ¿verdad?
- Sí... - dice ella poniéndose en pie y aspirando hondo- He visto... Creo que Nerine está a punto de hacer algo horrible.

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Nerine escucha el sonido de unas llaves en la cerradura y, temblando de impaciencia, retrocede unos pasos. De repente se siente insegura y entonces se da cuenta de que ha dejado el cuchillo en el suelo, junto a los sacos. Corre a por él, pero la puerta se abre antes de que ella llegue al lugar.

- Buenos días, Nerine – dice Fran, que entra con una bandeja entre las manos. Con un pie vuelve a cerrar la puerta, simulando no haber visto el aturdimiento de Nerine al agacharse y esconder  precipitadamente una mano tras la espalda- Te traigo algo para comer.
Nerine, estática, lo mira fijamente.
- Toma – le dice Fran acercándose y ofreciéndole la bandeja.
- No tengo hambre – responde friamente.
- ¿Seguro? Come algo, mujer.
- No quiero nada vuestro. Absolutamente nada. Sólo quiero que me dejéis marchar.
- Lo sé - dice Fran- Y con ese propósito vengo – y avanza unos pasos, fingiendo buscar un lugar donde dejar la bandeja pero con la intención de descubrir qué esconde la australiana – Anoche estábamos todos muy nerviosos y, créeme, no me quedaba otra opción que meterte aquí. Te pido disculpas si...
- ¡No quiero tus disculpas!- grita Nerine -  ¡Mi marido está enfermo! Si le ha ocurrido algo...
- Calma, Nerine – dice Fran dejando la bandeja en el suelo – No te estamos reteniendo porque sí, solo intentábamos evitar que salieras cuando no era posible.
-  ¡Quiero irme ahora mismo!
- De acuerdo, pero come un poco.  Necesitas coger fuerzas.
- ¡¡He dicho que no quiero nada!!
-  En cuanto comas un poco te podrás ir. Nadie te lo va a impedir – La australiana lo mira con desconfianza y Fran asiente con la cabeza – Te lo prometo.
 Nerine se acerca a la bandeja. Cuando intenta agacharse, el frasco de jarabe, aferrado en la misma mano en la que sujeta el cuchillo, resbala y cae al suelo. Nerine se sienta de inmediato encima de él.

- ¡Está bien, vete!- le grita Nerine - ¡Déjame comer a solas!  ¡No te quedes mirándome como si fuera un perro! ¡VETE!

Pero  Fran no se mueve. Le ha bastado esa fracción de segundo para entenderlo todo.

- ¿Qué escondes ahí, Nerine? - empieza a decir, todavía desconcertado.
- ¡¡VETE DE UNA VEZ!!  ¡¡VOY A COMER Y DESPUÉS ME IRÉ!!
- Todo este tiempo... ¿tenías TÚ ese jarabe?
- ¡¡DESPUÉS ME IRÉ!! ¡¡ME LO HAS PROMETIDO!!

Fran se acerca furioso y la aferra de una muñeca.

- ¡LEVÁNTATE Y ENSÉÑAME LO QUE ESCONDES AHÍ! - grita Fran, y gira la cabeza hacia la puerta – ¡¡EH, VENID A  VER...

Un fugaz latigazo. Eso es lo que Fran nota en el cuello. Simplemente.

Después siente manar un líquido ardiente que le recorre el pecho, y va empapando su ropa. En un movimiento instintivo levanta la mano al lugar en donde la carne palpita  y comprende lo que ha ocurrido.
Los ojos de Nerine, sobre un rostro inhumano salpicado de sangre,  lo miran con la furia de un animal enloquecido.
Fran da unos pasos hacia la puerta. La vista se le nubla, las piernas se le doblan y cae al suelo.

Con la respiración desbocada, Nerine  se queda mirando la sangre que se va extendiendo sobre el cemento. Después mira el cuchillo que sigue aferrando en una mano que ahora tiembla.
Una voz desde el otro lado de la puerta la llama.

- Muy bien, querida – oye decir a Thomas – Ahora puedes irte de aquí. Ya eres libre.

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EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO...